Por: Arturo Guerrero

La golosina de los Cerros Orientales

El martes pasado se oyeron cuatro idiomas extranjeros en el enlosado que sube al cielo de la quebrada La Vieja, arriba de Chapinero.

Parejas que hablaban en italiano o alemán, grupos que se entendían en inglés o francés. Eso sin contar los pájaros, cuya lengua no tiene país.

En esas alturas el agua no habla, canta. Toca tambor sobre el cuero de las piedras, se desgaja en descargas radiantes por las cascadas. Cuando sopla agosto, los troncos de árboles contiguos abren y cierran puertas a través de las cuales circulan quejas clandestinas.

Los sonidos de los Cerros Orientales de Bogotá son, pues, una mezcla de modernidad trasnacional y flautas de indios muiscas. Suben los extranjeros, suben los vecinos de barrios elegantes y de varias localidades sin estrato. Arriba los espera la memoria anterior al descubrimiento y conquista española.

No siempre ha sucedido así. Los primeros caminantes de los cerros fueron atletas enteleridos. Entrenaban para maratones de asfalto, templando músculos en esos riscos opacos y sospechosos donde ni las águilas se arriesgaban.

Esto sin tener en cuenta a los penitentes de Monserrate que rompieron el monte con la fe de borrar pecados y la caridad de apagar infiernos. Fueron unos cruzados, unos campeones azuzados desde el púlpito que enardeció a Colombia.

Hace unas tres o cuatro décadas, vecinos de La Vieja esquivaron las vallas de la empresa de Acueducto y descubrieron la ancha carretera de cascajo que accede a un túnel de desagüe del sistema Chingaza.

Se podía ingresar con linterna, oler a murciélago, asustarse ante la osamenta de automóviles abandonados desde la prehistoria, agacharse hasta la embocadura del tubo que iría a librar a la capital de la inundación el día del juicio final. Ya no se puede, un candado virreinal condenó la gran puerta de metal verde.

A su derecha comienza la pista chibcha de lajas, troncos y raíces por donde los pioneros ascendieron hasta La Virgen, una estatua con cruz desde donde se ve “toda” Bogotá, que es el norte de Bogotá.

El voz a voz alimentó el apetito de muchos excursionistas que no se dejaban arredrar por los frecuentes ‘thrillers’ de atracos, cuchillos y changones. Los sonidos de la cordillera resultaron más fuertes que los relatos de las fechorías.

Hace poco más de cuatro años, una asociación de tercos denominada “Amigos de la montaña” logró vigilancia de la Policía durante las horas tempraneras del ascenso. Santo remedio.

Vino entonces la desmesura. Está descrita con documentación y maestría por el ingeniero Andrés Plazas, líder del grupo, en artículo reciente de La Silla Vacía que alude a una “Vieja apaleada”.

El hecho es que montones de madrugadores hallaron la golosina del monte y están atiborrando los dos o tres accesos por donde hoy es prudente trepar. Quieren cosas simples: respirar, pensar en sí mismos, escapar de la neura, darle baile al cuerpo, saberse naturaleza.

Pero no hay cama pa’ tanta gente. Podría haberla, con comedimiento, cercanía a la casa de cada uno, amor por la lengua y sones del aire.

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