Por: Augusto Trujillo Muñoz

La guerra buena

La histórica decisión del Senado de la República frente a la conducta indigna de un magistrado haría recordar los mejores momentos del Congreso Nacional.

La decisión del Senado en el caso del magistrado Pretelt, recupera para la democracia colombiana la vigencia del principio del control. Es la primera vez que el Senado suspende a un magistrado, pero también es la primera que un magistrado actúa con tanta desvergüenza. Ciudadanos honestos como el jurista Carlos Villaba Bustillo le mostraron al país el impudor del acusado; y como la periodista Cecilia Orozco Tascón se declararon en desobediencia civil frente a las decisiones de la Corte Constitucional mientras Pretelt formara parte de ella.

Según informaciones de prensa, además del soborno, pesan contra el magistrado acusaciones por despojo de tierras, tráfico de influencias, favorecimiento a un sindicado dentro de un proceso judicial y vínculos con grupos armados de autodefensa. Por cosas bastante menos graves, el senado sancionó, en 1867, al presidente Mosquera, y en 1959 al presidente Rojas Pinilla.

Algunos senadores lo defendieron con la excusa de defender las mismas garantías constitucionales que se abstuvieron de defender en otros casos –esos sí- de abusos en la aplicación de normas. Ojalá la sanción sirva de ejemplo para que el país  regrese a la vigencia plena del Estado de Derecho, tan deteriorada últimamente por decisiones equivocadas de origen institucional.

El clientelismo, que había invadido la actividad pública desde los años setenta, encontró un antídoto en la Asamblea Constituyente del 91.  En sus deliberaciones el ‘Cofrade’ Alfonso Palacio Rudas lideró unas reformas que fortalecían las potestades legislativas. La función del Congreso se había reducido a estrechos cotos y, para los partidarios de esa política, bastaba que los congresistas aprobaran unas normas generales, a partir de las cuales el ejecutivo podía legislar. Palacio se empeñó en fortalecer las funciones del Congreso y, en particular, el ejercicio del control político. En ese escenario esperanzador los colombianos hablaron de un “nuevo país”. Infortunadamente, antes de una década ese país comenzó a resquebrajarse en medio de un turbión regresivo.

Tales reformas se quedaron escritas. El Congreso no sólo se abstuvo de usar sus revalorizadas competencias, sino que se dejó cooptar por el ejecutivo y permitió que, ahora, la Corte Constitucional se convirtiera en el nuevo legislador. Muestra de ello es que, desde 1991 hasta hoy, no se ha aprobado una sola moción de censura a pesar de que se han visto gestiones ministeriales desastrosas.

No estoy añorando los grandes debates entre Guillermo Valencia y Antonio José Restrepo hace noventa años. Ni las propuestas de transformación institucional formuladas en el Congreso por los Lleras, Echandía o Gaitán durante la República Liberal. Ni los juicios críticos de Alfonso López Michelsen, Álvaro Gómez Hurtado o Luis Carlos Galán en tiempos más recientes. Me refiero al ejercicio del control que se confunde con la esencia misma de la democracia.


Espero que la paz acordada en La Habana nos sirva para olvidar todas las guerras salvo, por supuesto, la que hay que iniciar de inmediato contra la corrupción, si queremos recuperar el prestigio de las instituciones. Sería la única “guerra buena” en que nos podemos comprometer los colombianos.

*Ex senador, profesor universitario. @inefable1
 

 

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