Por: Julio César Londoño

La historia no lo absolverá

Fidel Castro hizo cosas buenas. Mejoró los índices de desarrollo humano de Cuba, que no eran malos en los tiempos anteriores a la revolución.

Durante la primera mitad del siglo XX la calidad de la salud y la educación de la isla superaban el promedio de la región. Salvo el béisbol, el nivel de su deporte en los años cincuenta era tan mediocre como el colombiano. En las olimpiadas del 52 y 56 Cuba no alcanzó ni una medalla, en el 68 cuatro, y alcanzó su pico en el 92, cuando obtuvo 31. Con la disolución de la URSS, todos sus números cayeron. En los olímpicos de Río, Cuba solo ganó 11  medallas.

Otro mérito suyo fue desafiar al Imperio durante medio siglo, ser su peor crítico y salir vivo de la empresa.

Pero la obra más linda fue su liderazgo, que le imprimió al pueblo cubano esa cohesión social que le ha permitido sobreaguar en tantas tormentas. La solidaridad de los cubanos, su fe en la revolución, en Fidel y en los grandes proyectos nacionales, no tiene parangón.

Es lamentable que el mundo no aprovechara esta singularidad para adelantar allí un experimento social y económico a gran escala. El mezquino bloqueo de los Estados Unidos, y el fundamentalismo comunista del régimen, abortaron esta magnífica oportunidad.

Los errores gruesos de Fidel son conocidos. Nunca toleró la oposición, no abrió canales democráticos y su ineptitud en materia económica, su incapacidad para encontrar métodos de producción y de mercado alternativos, es computable en cero.

Y su megalomanía, claro. Como buen caudillo, sucumbió a las adulaciones de sus áulicos, a la combinación de unanimismo, halagos y poder. El poderoso pierde el norte ético porque él es el Norte. Todo lo que hace es bueno porque lo mueve “el interés del pueblo”.

El poder desquicia porque borra los límites entre voluntad y realidad. El poderoso dice: yo quiero aquí un hospital, un parque, una escuela, un río, o que desaparezca el coronel Ochoa, y al día siguiente están allí el hospital, el parque, la escuela y el río, todo, excepto Ochoa, y las multitudes lo vitorean y su caravana es tan larga como el camino, y cuando entra a los salones todos los rostros se vuelven y todas las damas se rinden y todas las bocas pronuncian su nombre. Entonces comprende que sin él el pueblo está perdido, se declara vitalicio y lo controla todo por decenios hasta el día que no puede más; mira a su alrededor y descubre que sus ministros son imbéciles (los caudillos no toleran nada que les haga sombra), que todos son una tropilla de traidores excepto su hijo o su esposa… o su hermano.

A Fidel lo mató la longevidad. Vivió demasiado tiempo. En los años 60 y 70 fue el faro político del mundo rebelde. Encarnó mejor que los líderes soviéticos la lucha contra el capitalismo y lideró, para combatirlo, la lucha de guerrilleros bárbaros contra capitalistas salvajes.

En los 80 la URSS empezó a declinar y Fidel, el genio político del siglo, no tenía un plan de contingencia ni la isla autosostenibilidad alguna. Empezó la revolución digital y el comandante ni se enteró. Cobraron fuerza en el mundo las luchas por los derechos de las minorías, y el macho alfa se despachó contra los homosexuales, a los que consideró “otra aberración del capitalismo”.

Lo que siguió fue una caída libre, apenas atenuada por la inyección de petróleo venezolano, y el mundo lo vio envejecer mal. Vivió demasiado. Si hubiera sido asesinado por la CIA a finales de los 70, cuando la isla, el socialismo y él mismo atravesaban un buen momento, se habría convertido en un mito superior al del Che Guevara. Como sucedieron las cosas, es probable que la historia, en lugar de absolverlo, lo olvide.

 

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