Por: Reinaldo Spitaletta

La hora de gracia de la paz

Ha llegado la hora de matar el hambre, las miserias, las pobrezas múltiples (“no es matando guerrilleros o policías o soldados como vamos a salvar a Colombia”, decía el médico Héctor Abad Gómez), la ignorancia, los odios, que cuando se deja de odiar hay claridad en los cerebros: ha llegado la hora del cese el fuego, de la paz en Colombia, del silenciamiento de los fusiles (al menos de las Farc). Hora de gracia y celebración.

Y también ha llegado la hora de continuar la lucha por la construcción de una democracia de verdad, en la que los ciudadanos tengan las posibilidades de una vida feliz, un bienestar en la cultura, en la salud, en la recreación, en los modos de tener acceso al conocimiento y a la dignidad.

Es la hora de proseguir los cuestionamientos a un sistema que ha engendrado bandidos, narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y asesinos de distintas categorías sociales. Aquí me acuerdo de la Elegía a Desquite, de Gonzalo Arango, ante la muerte de uno de los tipos que equivocó el camino y lo mataron por ser un bandido, “que merecía morir, pero no más que los bandidos del poder”.

Ha llegado la hora de volver trizas la guerra, de derrotarla, de que no sea más una manera de resolver las contradicciones filosóficas y económicas y políticas. La hora de que haya tolerancia por el disenso, por el otro y sus circunstancias, por la deliberación entre distintos. La unanimidad es de estúpidos, decía un ilustrado francés.

Es la hora de seguir la liza contra un modelo excluyente, que ha convertido a los pobres en indigentes, y a una minoría de magnates en seres de colosal riqueza, producto de las inequidades y los desafueros sociales. La paz no implica inmovilización ni mudez. Es una apertura para la palabra, para las nuevas resistencias contra las arbitrariedades y para que no sigan floreciendo expresiones bárbaras.

Es hora de una apertura democrática, para la construcción de “una paz estable y duradera”. Es la hora de la implementación de “un nuevo campo colombiano”, con erradicación de la pobreza y de las numerosas injusticias que durante años han sido un caldo de cultivo para la creación de grupos armados y la perpetración de golpes y conjuras contra el campesinado. Es la hora del “restablecimiento de los derechos de las víctimas del desplazamiento y del despojo, y la reversión de los efectos del conflicto y del abandono sobre comunidades y territorios”.

El claro que con el acuerdo de paz y el cese el fuego, que ponen fin a un conflicto de más de cincuenta años, no terminan los vientos mefíticos de las políticas neoliberales del Estado colombiano, pero sí es un avance para las luchas sociales, el ejercicio de desobediencias civiles, que logren nuevas reivindicaciones. Quién que es colombiano, quién que haya padecido de cerca o de lejos un conflicto tan horrendo como el nuestro, no alborotará las campanas y sabrá que es mejor el silenciamiento de las armas (bueno, ahora dirán los de la oposición al acuerdo que se pueden usar silenciadores) y que las Farc hayan reconocido la equivocación de su lucha armada.

Y en este aspecto, habría que usar la lógica Pambelé: “Es mejor desarmar a las Farc que no desarmarlas”. Es mejor tener exguerrilleros que guerrilleros activos. Y que además, con su participación civil, con su posición política y su partido, contribuyan a la ampliación de la democracia. La salida negociada al conflicto armado ha sido un avance histórico en un país en el que casi todo se ha dirimido a bala. Y cuando menos, a machetazos.

El acuerdo alcanzado, como se sabe, es entre dos fuerzas en la que ninguna de ellas aniquiló a su contrario. No se hizo entre vencedores y vencidos. Por eso, se crea una jurisdicción especial para la paz. Por eso, entre otros aspectos, el acuerdo debe “satisfacer el derecho de las víctimas a la justicia, ofrecer verdad a la sociedad colombiana, proteger los derechos de las víctimas, contribuir al logro de una paz estable y duradera…”.

En 1964, el ejército dio de baja a Desquite, y el profeta del nadaísmo dijo entonces que “los campesinos y los pájaros podrán ahora dormir sin zozobra”. Ese año, se fundaron las Farc, y el bucólico deseo de Arango no se pudo cumplir. Su pregunta de “¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?”, puede ser que ahora tenga una respuesta positiva. Ojalá esta sea la hora.

 

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