Por: Mauricio Rubio

La implacable testosterona

Feministas e intelectuales han negado tercamente la influencia de las hormonas en el comportamiento. Pero ellas siguen actuando, como la tierra moviéndose.

Con los años, los hombres sentimos la caída de la testosterona, y del deseo. El nivel de la hormona aumenta súbitamente en la adolescencia, alcanza un máximo hacia los veinte años y baja continuamente hasta la tercera edad. Las variaciones de corto plazo se asocian con cambios en la percepción del estatus y las consecuentes posibilidades sexuales. Ganar o perder una competencia deportiva, incluso una partida de ajedrez, altera la concentración de testosterona. La poderosa sustancia no desencadena conductas, pero sí prepara el cuerpo para el conflicto o los encuentros físicos, aumentando la energía.

Menos conocidos son los primeros dos picos de la curva, al iniciarse la vida embrionaria y poco antes del nacimiento. La primera subida provoca la diferenciación de los genitales: se forman el escroto y el pene; sin ella, quedan vulva y clítoris. Estos cambios físicos preceden el desarrollo y diferenciación cerebrales en la segunda mitad del embarazo. Cualquier modificación del perfil endocrino en esos dos períodos implica un desfase del cuerpo con los rasgos de personalidad dependientes del cerebro, que se forma después. Los flujos prenatales de testosterona y estrógeno definen en buena parte la identidad y la orientación sexuales, que excepcionalmente pueden diferir de la morfología genital.

Tras muchos debates sobre la asignación del sexo en competencias deportivas, en 2011 se adoptó como criterio la testosterona en la sangre. La tasa masculina puede ser 30 veces superior a la femenina. El cambio de voz en los hombres ocurre en la adolescencia con el súbito aumento de las secreciones testiculares, y el correspondiente crecimiento del aparataje vocal. Si una inyección de testosterona masculiniza una voz femenina, el tono de los castrati se explica por su insuficiencia. La asociación con la violencia ha sido muy estudiada. Niveles extremadamente altos pueden implicar incrementos de la agresión, pero factores sociales y educacionales -actuando sobre una fisiología afectada por la hormona- la explican mejor. En adolescentes, la testosterona se relaciona con dominio social pero siempre dependiendo del contexto. Varias enfermedades características de la vejez masculina parecen depender de faltantes de la hormona. Una manipulación extrema y controvertida es la castración química, utilizada en algunos países con agresores sexuales reincidentes y asociada con una fuerte caída de la testosterona.

Desde siempre los granjeros saben que capar animales ayuda a su domesticación, pero sólo a mediados del siglo XIX se comprendió que el efecto dependía de una sustancia producida en los testículos. Un médico reportó haber mejorado su fortaleza y habilidad mental inyectándose extracto de criadilla. Nació así la “organoterapia” –introducción de sustancias o transplante de órganos sexuales- para combatir enfermedades, desde gripa hasta esclerosis. Hace cien años se acuñó el término hormona para esos mensajeros que lograban efectos lejos del lugar donde se producían; la palabra, de raíz griega, significa “poner en movimiento, excitar, estimular”. La industria farmacéutica buscó capitalizar el éxito de la organoterapia aislando, hacia 1930, la testosterona. Inicialmente se creyó que alterando la relación de hormonas masculinas y femeninas se podría corregir la homosexualidad; se comprobó que únicamente cambiaba la disfunción eréctil.

No sólo animales han sido domados de un tajo. En Bizancio, Roma Antigua, el Imperio Otomán y las dinastias Chinas hubo eunucos, para vigilar el harem, y como educadores. Según un escritor árabe, en estos hombres, libres de apuros, la "mente se vuelve refinada, la inteligencia se agudiza, la naturaleza se pule y el alma se anima”. Además, sexualmente, “combinan todo lo que una mujer quisiera tener, permaneciendo a salvo de la suprema desgracia, un impulso demasiado fuerte para el placer”.

Un mínimo reconocimiento de la importancia de la biología, la medicina y la farmacología llevaría a considerar intervenciones más eficaces, complementarias de la reforma legal y el cambio cultural. Las doctrinas igualitarias no pueden seguir ignorando la endocrinología, las neurociencias o la etología para comprender y eventualmente modificar la naturaleza varonil, que es en extremo dispar entre la población. La testosterona, y por ende la líbido masculina, varía mucho más entre individuos de una misma edad que el promedio entre jóvenes vigorosos y ancianos decrépitos. Afirmar que todos los hombres somos machistas, posesivos y violentos es tan acertado como proponer que tenemos la misma estatura y aptitud para el básquetbol. El discurso contra los “excesos masculinos” en general es inocuo, incluso contraproducente. La búsqueda de relaciones de género equilibradas sería trivial si bastara con dejar de enseñar lo que en cualquier época o cultura ha tocado amansar, a veces drásticamente, caso por caso.

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