Por: Eduardo Barajas Sandoval

La impunidad de la dinastía Kim

Nos han llevado a dudar tanto de Corea del Norte, por sus transgresiones, como de la institucionalidad internacional por su insuficiencia.

 La prensa de casi todo el mundo presenta a Corea del Norte como el monstruo más peligroso de la comunidad internacional, pero al mismo tiempo no puede ocultar la impotencia de países y organizaciones para controlarlo. Desde Kim Il-sung hasta Kim Jong-un, pasando por Kim Jong-il, Corea del Norte ha jugado su propio juego en abierta rebeldía contra todos los poderes y no solo ha ignorado reiteradamente las reconvenciones de las Naciones Unidas sino que ha avanzado sin pausa y con ostentación en su programa armamentista. Por eso al cabo de más de medio siglo resultan tan criticables sus contravenciones como la ineptitud de quienes no las han podido corregir.

Como una especie de Albania de hace cuarenta años, en éste caso con enormes proporciones en cuanto hace a su capacidad bélica y encerrada en uno de los lugares más volátiles y complejos del mundo, en Corea del Norte sobreviven campantes la Guerra Fría y el comunismo a ultranza. De ahí las imágenes de publicidad política estereotipada que muestran a su pueblo en pie de lucha, los desfiles estrambóticos de exhibición de poder militar, y una retórica amenazante que preocupa en el exterior. Pero su interpretación peculiar de la democracia y del culto a la personalidad ha ido mucho más lejos que en cualquier parte, hasta la consolidación de una dinastía declarada, con visos religiosos y todo el poder en las dos manos de una misma persona.

De cuando en vez cada uno de los Kim sale al escenario, ordena unas maniobras de simulación de guerra espectaculares y amenazantes, dispara un cohete que si llega a perder el rumbo resulta aún más peligroso de lo que se pudiera pensar, o anuncia la posesión o el experimento exitoso de una nueva arma de destrucción masiva, mientras pone a bailar a su pueblo en las calles de todo el país. Luego profiere gritos de guerra y amenaza abiertamente con destruir a la otra Corea, cuando no se jacta de poder alcanzar con sus misiles las ciudades de Tokyo, o Nueva York. Afirma que la guerra es inminente y vuelve y se encierra hasta que un tiempo más tarde, súbitamente, se abre el telón para el siguiente acto.

El episodio más reciente ha sido el del anuncio de la explosión exitosa de una “Bomba H” que superaría cualquiera de las armas hasta ahora en su poder. Vinieron luego los ya conocidos elementos retóricos de parte del Líder Supremo del país y naturalmente se generó la consecuente preocupación en toda la región y en los centros internacionales de poder. Porque, aunque los entendidos dudan de la verdadera naturaleza del arma experimentada y no creen que el país tenga la capacidad de producir una bomba como la anunciada, consideran que en todo caso Corea del Norte ha podido llegar a simplificar y acelerar la producción de bombas atómicas, de manera que el resultado es más o menos lo mismo de peligroso.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no vaciló en reunirse y condenar el hecho, además de anunciar que consideraría la adopción de nuevas sanciones, con el voto afirmativo de China y Rusia, que por su relativa flexibilidad hacia el régimen de Pyongyang habrían podido al menos demorar la discusión, como suelen hacerlo en casos relacionados con sus amigos o con sus intereses. Sin embargo, proferida la condena de Naciones Unidas, que se suma a las cuatro resoluciones de sanción proferidas en 2006, cuando se produjo la primera explosión nuclear de los norcoreanos, volvemos al mismo llanito, porque lo cierto es que los obstáculos que se deberían derivar de las sanciones adoptadas no han tenido el efecto esperado en cuanto al progreso militar de los Kim.

La concreción de las sanciones se realiza mediante el bloqueo de las opciones de acceso del Estado norcoreano, y de las industrias y personas que lo puedan representar, a recursos financieros y científicos para desarrollar sus proyectos de armamentismo. No obstante, y a juzgar por los resultados, eso es precisamente algo que no está funcionando a cabalidad. Sea porque con extrema habilidad el régimen de Pyongyang logra en cada caso rehacer el entramado de empresas a su servicio, que cambian de nombre y de finalidad y de sitio de operaciones, sea porque tiene amigos que le ayudan y le compran o le venden elementos que le permiten avanzar, la situación se hace cada vez más difícil de manejar, así no hayan cumplido las amenazas de los Kim. Los Estados Unidos han sido tal vez los más activos en la implementación de sanciones, y eso no es poco; pero lo cierto es que de los ciento noventa y tres miembros de las Naciones Unidas no alcanzan a cuarenta aquellos que han tomado cartas en el asunto.

Si las potencias representadas en el Consejo de Seguridad no van mucho más lejos de las resoluciones de condena y si a ello se suma que los pesados mecanismos de control de cumplimiento de lo que se decida no permiten la obtención de resultados ostensibles, el caso norcoreano sirve para ilustrar una vez más no solo la inoperancia sino las debilidades de fondo de una organización creada al salir de la Segunda Guerra Mundial, esto es hace más de medio siglo, que se queda corta a la hora de manejar muchos de los problemas del comienzo del nuevo milenio. Y pensar que en cientos de colegios y universidades del mundo no se incita a los estudiantes a reflexionar sobre las Naciones Unidas del futuro sino a jugar a la simulación de sus rituales estériles del presente, y del pasado.

 

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