Por: Weildler Guerra

La interacción de Colombia con el mar

La subvaloración del mar ha significado extensas pérdidas en áreas territoriales para el país, ya sea en el archipiélago de San Andrés y Providencia o en la península de La Guajira.

La forma en que concebimos el mar y nos relacionamos con él es muy diferente en el seno de un país y aun entre las distintas agrupaciones marítimas. La interacción con este ambiente es tan variada como la que existe con el medio terrestre. Aunque los océanos y mares sean percibidos como un conjunto unificado de agua salada, los pescadores y navegantes saben que cada mar tiene su propio temperamento y sabor manifestado en corrientes, mareas, colores, vientos y profundidades. El mar no es un espacio indiferenciado para quien se alimenta de él, es una memoria y un camino, no sólo un simple reservorio de recursos.

Muchos perciben al mar como un espacio vacío, sin marcas ni caminos. Sin embargo, no se encuentra desprovisto de referencias culturales sino repleto de ellas, afirma John Mack en su obra The Sea: A Cultural History. Los grupos humanos que lo ocuparon generaron auténticas instituciones marítimas sobre las cuales algunos países como Japón fundamentaron su actual normatividad. Estas instituciones contemplan un conjunto de metáforas y derechos de uso territorial. De esta forma el acceso a los recursos marinos es a menudo restringido por instituciones locales que inciden de forma positiva para mitigar los conflictos por dichos recursos mediante la distribución de las áreas de pesca, la reducción de la captura de algunas especies o la restricción de ésta en ciertos espacios o en determinadas épocas del año. Estos derechos asociados a un “territorio”, usualmente definido, tienen un carácter relativo y no absoluto. Pueden referirse a un sitio específico o sólo a un conjunto limitado de especies. Algunas comunidades de pescadores marítimos pueden concebir unas especies de fronteras en sus territorios de pesca que no necesariamente coinciden con las establecidas por los estados nacionales.

Al contrario de quienes conciben el mar como un espacio solitario, los pescadores wayuu lo consideran como una extensa sabana de pastoreo habitada ancestralmente por diversas entidades y seres dotados de código moral e intencionalidad. Para acceder a los seres marinos se practican rituales que invocan a un ser considerado el dueño del “ganado” del mar. Las metáforas del mar no son bellas narraciones para niños, sino que activan conocimientos prácticos tácitos basados en la experiencia de condiciones locales sumamente específicas. Ellas dan señales para la activación de repertorios prácticos apropiados en el contexto de la acción.

El mar puede ser visto como un espacio sagrado. Los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta consideran algunos lugares específicos del litoral como áreas de pagamento que se encuentran interconectadas con algunos picos de su macizo montañoso. En ellas realizan rituales para el mantenimiento de su entorno físico y social. Los habitantes de San Andrés realizan bautismos cristianos en sus playas.

Al contrario del Japón, Colombia ha desarrollado su visión, su normatividad y sus políticas de espaldas a las concepciones e interacciones de sus pueblos con el mar.

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