Por: Esteban Carlos Mejía

La invención del pasado

Escribir novelas es cosa de cabeciduros.

Los novelistas son gente sin dios y sin ley que, en vez de gozar humildemente con la realidad al alcance de sus sentidos, se obstinan en inventar vainas. A veces, a los más impertinentes, les da por concebir trilogías, tres novelas sobre una misma fábula. Miguel Torres, el laureado dramaturgo bogotano, acaba de publicar la tercera novela de su trilogía sobre el 9 de abril.

Se llama La invención del pasado (Tusquets Editores, octubre de 2016) y el título es homenaje a John Banville, insolente irlandés que, cuando no escribe novelas policíacas bajo el seudónimo de Benjamin Black, se dedica a hurgar en los desahucios del amor y/o el deseo. Por ejemplo, The invention of the Past es un ensayo escrito por un personaje de Antigua luz (Ancient Light), novela de Banville en 2012, caracterizada por la multiplicidad de las imágenes y las fantasmagorías.

¿Pero qué pasó el 9 de abril? Los autoproclamados millennials no saben nada sobre la vida del planeta Tierra antes de sus ilustres partos. “Eso pasó cuando yo no había nacido”, se vanaglorian, felices de la moña con la ignorancia. Allá ellos. Nunca ha sido obligatorio el estudio del pasado, en especial si desde del fondo del corazón se busca repetirlo con pelos y señales. El 9 de abril de 1948, a la 1:05 p.m., en plena carrera 7ª. de Bogotá, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, caudillo del pueblo, un político como pocos en este país: honesto, inteligente, carismático, socialista, elocuente. A las pocas horas de su muerte, el centro de la ciudad estaba en llamas, y cientos de cadáveres obstruían las calles, y Colombia no volvería a ser lo que había sido. A ese 9 de abril hasta Wikipedia le dice “El Bogotazo”.

En 2006 apareció El crimen del siglo, en la que con lúcido estilo Miguel narra la vida, miseria, pasión y ruina de Juan Roa Sierra, señalado asesino de Gaitán. Es una novela conmovedora, osada, una joya de la literatura colombiana contemporánea. Al leerla uno siente casi en carne propia los desgarramientos de esa tarde inicua. Seis años después (el que es bonito, es bonito), Miguel publicó la continuación de la desdicha, El incendio de abril, para contarnos la noche de terror y salvajismo que siguió a aquella tarde irremediable. Sólo la parte final de la novela, una sátira al pavor de unos ricachones del norte, compensa las lágrimas y la angustia que produce la lectura de tanto infierno a la colombiana.

La invención del pasado es una novela íntima, fantasmagórica, amorosa. Tiene una estructura compleja y arriesgada. Dividida en nueve tiempos, repasa en magistral clave literaria, y no sin piedad, los hechos más horrorosos de nuestra historia patria, esta patria bobísima de “chismes, catolicismo y una total inopia en los cerebros”, como crucificó en 1914 el poeta León de Greiff a la Villa de la Candelaria, hoy Medellín de mil amores. La invención del pasado es otra siempreviva de Miguel Torres. ¡Enhorabuena!

Rabito: “Señor Presidente: serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los ciudadanos que llenan esta plaza, os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, para devolver al país la tranquilidad pública. ¡Todo depende ahora de vos! Quienes anegan en sangre el territorio de la patria, cesarían en su ciega perfidia. Esos espíritus de mala intención callarían al simple imperio de vuestra voluntad”. Jorge Eliécer Gaitán. Oración por la paz, 7 de febrero de 1948.

 

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