Por: Claudia Morales

La literatura, la salvación

Ha sido este un final de año tan trágico en tantos sentidos, que cuesta apartarse de la ansiedad, el dolor, el miedo, la incertidumbre y la rabia que producen los titulares y la realidad que nos golpea la cara con la fuerza de un huracán.

Por eso, esta columna es una invitación a desconectar la mente y el cuerpo a través de los libros, a encontrar algo de magia en la literatura y a recibir un poco alivio con las historias que escritores locales y extranjeros nos han entregado este año y también en el pasado.

Tengo una hija de siete años con quien hemos creado una afinidad por los libros desde que era bebé, y eso convirtió las noches de arrunche y de lectura en el más hermoso de los planes. Por eso, quiero compartir con ustedes algunos descubrimientos que pueden servirles si tienen hijos alrededor de esa edad.

Babar, todas las historias, escrito por Jean de Brunhoff, reúne los seis libros de la colección, que valga decir, sirven para introducir en el mundo de la lectura a niños desde los dos años. También encontré una bella manera de llevar a mi hija por el universo de las rimas y los versos con ¡Hola!, que me lleva la ola, de Sergio Andricaín, y El rock de la momia, de Antonio Orlando Rodríguez.

Recomiendo Juan, Julia y Jericó, de Christine Nöstlinger, ideal para despertar la curiosidad por el género de la novela, al igual que En orden de estatura, de Ricardo Silva, y La maravillosa medicina de Jorge, del siempre divertido Roald Dahl.

Pasando al terreno de los adultos, La flor púrpura, de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, ha sido para mí el libro del año. Encontré allí una conmoción y una ternura parecidas a las que en su momento me produjeron Memoria por correspondencia, de Emma Reyes, y Del color de la leche, de Nell Leyshon. Chimamanda Ngozi escogió su tierra y como protagonista a una niña, que tal vez es ella misma, y que nos va narrando su vida en un hogar con un padre obsesivo y enfermo por su religión, una madre sumisa, y una tía a través de la cual la pequeña se da la oportunidad de gozar y vivir, cosas que para cualquiera serían obvias, pero en su familia no lo eran. El final, inesperado completamente, quita el aliento y nos permite entender que nunca, jamás, sabremos realmente de qué es capaz el ser humano.

Mundo huérfano, de Giuseppe Caputo, Mañana no te presentes, de Marta Orrantia, Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska, La carne, de Rosa Montero, Declive, de Antonio García Ángel, Qué raro que me llame Federico, de Yolanda Reyes, todos los escritos por Svetlana Alexievich y uno no nuevo, pero que me pareció genial especialmente si usted es periodista, Tinta roja, de Alberto Fuguet, son otros de los libros y autores que vale la pena explorar y sentir.

Que por un rato nos duelan, nos conmuevan y nos alegren los escritores con sus historias y que esa sea la consigna para sobrevivir a la cruda realidad. Los libros sí funcionan como fórmula de salvación. Feliz Navidad y un buen 2017.

Ñapa: se acabó el 2016 y el presidente Santos incumplió la promesa que le hizo al país en diciembre de 2015 de investigar a la Policía Nacional con su comisión de expertos. Lástima comprobar que efectivamente se trató de otro globo, de otra mentira.

*Subdirectora de La Luciérnaga. @ClaMoralesM

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Claudia Morales

Larga vida a los borrachos

El “montaje” de los refugiados venezolanos

Los libros sí pueden cambiar su mundo

Avianca

Por una prensa libre, no escoltada