Por: Columnista invitado

La matriz de Trump

Cualquiera que diga, con una confianza perfecta, que sabe qué hará un gobierno de Trump, está alardeando o es un tonto. Tenemos un posible gabinete y el personal de la Casa Blanca, pero no tenemos la más mínima idea de cómo van a encajar ambos o cómo presidirá todo el hombre de hasta arriba.

Por Ross Douthat

Lo que podemos hacer es establecer una matriz que ayude a evaluar la era de Trump a medida que avance, en la cual cada nombramiento y cada acontecimiento se marcan a lo largo de dos ejes. El primero, el eje X, representa las posibilidades de las políticas; el segundo, el eje Y, los escenarios del enfoque que Donald Trump tiene para gobernar.

El eje de la política va desde el populismo absoluto en un extremo hasta la ortodoxia conservadora previsible en el otro. Una presidencia populista completa nos daría aranceles y guerras comerciales, una ley de infraestructura por la que Robert Moses estaría dando volteretas hacia atrás, un muro enorme, y verificación electrónica e intactos los derechos a subsidios y grandes reducciones fiscales a la clase media. En cuanto a la política exterior, sería como si Henry Kissinger se reuniera con Andrew Jackson: la distensión con Rusia, nada de construir naciones en alguna parte y una estrategia de contraterrorismo por la que primero se dispara, se bombardea y se mandan drones, y luego se pregunta.

Por otra parte, en una presidencia ortodoxa conservadora de Trump, los republicanos congresales manejarían la política interna y él, simplemente, firmaría su legislación: la derogación del Obamacare sin ningún remplazo evidente; grandes recortes fiscales a los ricos, y la reforma a Medicare de los sueños más queridos de Paul Ryan. En cuanto a política exterior, ofrecería línea dura con una dosis de retórica idealista; lo que significa una política de riesgo calculado con Vladimir Putin, más la escalada militar en todas partes.

El segundo eje, el de las posibilidades de cómo gobierna Trump, va desde el autoritarismo implacable en un extremo hasta el caos total en el otro. En el contexto autoritario, Trump actuaría sobre sus peores impulsos con eficiencia maligna. Se intimidaría a los medios, se castraría al Congreso, la familia Trump se enriquecería en forma fantástica y, luego, en caso de que hubiera un gran ataque terrorista, Trump encarcelaría o detendría a cualquiera al que considerara un enemigo interno.

En el otro extremo del eje, Trump y su equipo se estarían tropezando mucho y serían tan desafortunados como para oprimir efectivamente a alguien, y la era de Trump solo sería un verdadero desastre; con el Estado profundo en revuelta y los medios circundando con avaricia, cualquier daño serio se haría por accidente y no intencionalmente.

La transición de Trump se puede marcar a lo largo de ambo ejes. En política, gran parte de su gabinete queda más cerca del extremo de los conservadores convencionales, con nombramientos como el de Tom Price y Betsy DeVos, quienes estarían muy a gusto en algún gobierno de Ted Cruz o de Marco Rubio, o, incluso, de ¡Jeb!

Por otra parte, en su círculo interno habrá su parte de verdaderos trumpistas. Stephen Bannon está decidido a rehacer al Partido Republicano con líneas nacionalistas; Jared Kushner e Ivanka Trump parecen ansiosos de que sus paterfamilias negocien con los demócratas; Peter Navarro se está aprestando para una guerra comercial con China. Y las opciones para la política exterior —especialmente Rex Tillerson en el Estado— parecen más cercanas a la realpolitik del trumpismo total que a un reaganismo normal.

En el eje del gobierno, la intimidación del presidente electo al sector privado, las palizas a los medios con sus tuits y su pleito con la comunidad de la inteligencia, sugieren que se avecina un programa autoritario.

Sin embargo, cualquiera que tema a la incompetencia más que a la tiranía, también tiene bastante evidencia. Los tuits de Trump podrían ser un signo no de un autócrata incipiente, sino de un presidente inestable que se minará a sí mismo a cada paso. No tiene ningún colchón en la opinión popular: si las cosas van siquiera algo mal, vaya que su capital político se acabará muy rápido. Tiene bastantes gacetilleros, comodines y rechazados por todos que ocupan cargos de verdadera responsabilidad; ¡y su Casa Blanca ya tuvo su primer escándalo sexual!

Finalmente, está la cuestión de cómo interactúan los ejes. Una combinación populista y autoritaria podría parecer natural, en la que Trump usa desviaciones de alto perfil de la ortodoxia conservadora para reforzar su popularidad mientras pisotea las normas republicanas.

Sin embargo, también se podría imaginar una combinación conservadora, ortodoxa y autoritaria, en la cual los republicanos congresales aceptan a la más imperial de las presidencias porque les está otorgando tasas tributarias y reformas para tener derecho a subsidios que han deseado de tiempo atrás.

O, también se podría imaginar un populismo totalmente incompetente en el que Trump anda por todo el país en mítines, mientras no se hace absolutamente nada en Washington… o un populismo totalmente incompetente que al final empodera al conservadurismo convencional porque Trump decide que no vale la pena gobernar y solo deja que Paul Ryan maneje al país.

En cuanto a lo que deberíamos esperar en realidad, bueno, el centro de la matriz parece un punto óptimo para el país: una presidencia de Trump que sea suficientemente competente sin ser dictatorial y que proporcione un correctivo populista al conservadurismo, sin llevarnos a todos por el camino del mercantilismo o de una crisis de la deuda.

Sin embargo, se trata de Donald Trump de quien estamos hablando, así es que un medio feliz parece poco probable. A lo largo de cualquiera de los ejes, es mejor apostar por los extremos.

(c)2016 New York Times News Service

 

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