Por: Arturo Charria

La memoria y el plebiscito

La memoria histórica llegó a Colombia hacia 2005, en medio de la Ley de Justicia y Paz, lo hizo como un contradiscurso a los relatos heroicos que narraban la guerra.

Poco a poco la memoria se fue convirtiendo en un tema fundamental para las organizaciones sociales y las organizaciones de víctimas. En la actualidad es uno de los temas preferidos de los científicos sociales: anualmente se producen miles de páginas en donde la palabra memoria se enciende como un letrero con luces de neón. Sin embargo, es necesario que nos preguntemos si este “boom” ha servido para modificar o transformar la percepción que tienen los colombianos sobre el impacto de la guerra en la sociedad. No lo digo por los que votaron NO hace un mes, sino por los que decidieron no votar, aquellos que prefirieron quedarse en su casa ese día sin importar si la guerra terminaba o seguía.

No se trata de cuestionar la necesidad de la memoria histórica, como lo hace David Rieff en su polémico libro: Contra la memoria. De lo que se trata, es de abrir un necesario debate en los términos propuestos por Régine Robin, quien se pregunta por la recepción que tienen los ejercicios de memoria  (los hechos desde la base y los que se hacen desde el Estado), sin pensar en las audiencias. Para Robin, tanta memoria genera saturación y, posteriormente, olvido.

Así, el concepto de olvido se vuelve un paso posterior a la memoria y no previo, como muchas veces se piensa, pues para olvidar hay que tener conocimiento de lo que se pierde. La autora considera que la memoria es fundamental para una sociedad que transita por un escenario de posconflicto, pero no desconoce que la naturaleza misma de la memoria está llena de “recuerdos discontinuos, fragmentados, vagos y que es difícil saber si se trata de hechos vividos o narrados”.

Esto no implica cuestionar los relatos que emergen como producto de la memoria histórica, sino reconocer la complejidad de trabajar con un elemento cuya naturaleza es porosa e inexacta. Nos pone la autora ante una paradoja: si un individuo no está en capacidad de reconstruir con certeza su historia personal, cómo pretendemos construir una memoria colectiva con retazos de historias fragmentadas. Y, lo que es más complejo, ¿cómo transmitir a una sociedad la necesidad de mirar el reflejo de su pasado para pensar su futuro?

Este debate, que también se está dando en Argentina, España y Alemania, debe darse no solo desde el análisis interno del campo de la memoria histórica y sus usos, sino desde el resultado que arrojó el plebiscito: una sociedad indiferente y un mensaje que no llega.

En los años que he trabajado la memoria histórica he visto cómo esta contribuye en la reparación de un dolor que muchas veces no cabe en el lenguaje. Pero también debo ser consciente que en el diálogo con la sociedad que no ha vivido el conflicto muchas veces no se pasa de una compasión fugaz (una obligación moral de sentirse culpable pero que no se convierte en compromisos concretos). Al salir de los museos, los lugares de memoria o los actos conmemorativos, es inevitable pensar que muchas de esas personas retornarán a sus asuntos, olvidando con cada paso que dan el dolor que acaban de dejar atrás.

Por eso resulta necesario repensar cómo construir un relato significativo de nuestro pasado. De lo contrario, la memoria seguirá siendo el relato autocomplaciente de una sociedad que de vez en cuando quiere asomarse al horror de la guerra, sin reconocerse en el reflejo que produce la mirada en ese espejo.

 

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