Por: César Ferrari

La muerte de Fidel y el comienzo de otra historia

Fidel Castro ha muerto y con él parte del siglo XX. Mientras muchos lloran su muerte, sus enemigos la bailan. Así de brutal fue el rompimiento que generó entre familias, generaciones, países e historia.

Su revolución llegó en 1959 para derrocar al dictador Batista y se quedó por décadas. Fue protagonista de la historia y logró, contra recursos enormes, resistir el bloqueo y la propaganda estadounidense, y mantener sus principios. Posicionó en el mundo a su pequeño país y desafió a Estados Unidos que no pudo doblegarlo. Combatió y persiguió duramente a sus opositores internos y muchísimos abandonaron Cuba. La excusa fue siempre el bloqueo. 

Era un gran orador. Durante horas, en mítines gigantescos, cautivaba a sus seguidores. Era también un gran conversador, sobre casi cualquier tema. En 1986, a propósito de una reunión de planeación de la CEPAL en la Habana, participé como representante del Perú en una cena privada que congregó a unas ocho personas, entre ellos Fidel Castro, el ministro de planeación de Argentina y el secretario de programación y presupuesto de México (Carlos Salinas quien entre 1988 y 1994 fue Presidente de ese país). En esa época, Fidel se había apasionado por que cada niño cubano tuviera un vaso de leche todas las mañanas. Pensaba que para lograrlo Cuba debía desarrollar su industria lechera. Así, por horas, las vacas lecheras fueron sujeto de nuestra conversación y de sus disquisiciones.

Aun así, el desarrollo lechero en Cuba fue un fracaso, como lo fueron la zafra de 10 millones de toneladas de azúcar en 1970 y el desarrollo manufacturero que intentó después. Entonces, a partir de los noventa, cuando se convenció que ninguno de esos esfuerzos resultaría y el financiamiento soviético no continuaría, volvió a lo que era natural a Cuba: el turismo. Para ello consiguió inversiones españolas, francesas e italianas, llegaron los turistas europeos y canadienses, y la economía cubana se volvió dual: cubanos por un lado y turistas por otro.

Los ingresos turísticos permitieron financiar las cosas básicas del pueblo cubano y por eso es el pueblo latinoamericano mejor alimentado, más educado y más sano. Pero no fueron suficientes. Las carencias siguen siendo enormes: caminar por la calles de la Habana es descubrir casas en ruinas por todas partes.

El colapso soviético en 1991 agudizó las carencias. Entre 1990 y 1993 el PIB cubano cayó 36 por ciento. Junto a las dificultades llegaron el turismo internacional, intentos de apertura económica en otros sectores y, más adelante, pequeños negocios por cuenta propia. Para ello solicitaron asesoría a Naciones Unidas. La Universidad de Harvard se encargó de convocarla y en 1992 un grupo de economistas llegamos a la isla a enseñar a los líderes de las empresas cubanas el funcionamiento de la economía de mercado.

Las carencias alcanzaban incluso a esos líderes empresariales. Todos los días, por lo menos durante el mes que compartimos en la escuela de cuadros, almorzamos invariablemente arroz, frijol, plátano y alternando pollo y puerco, y bebimos agua y café.  

Más allá de las opiniones ideológicas, ¿cómo así, a pesar de semejante dedicación, esfuerzo y austeridad, la revolución cubana nunca logró plenitud de bienes y servicios para los cubanos? Sucede que los seres humanos no son fichas en un tablero de ajedrez y si bien los estímulos morales son positivos son insuficientes y no sustituyen a los incentivos materiales. No hay ingeniería social que cambie las motivaciones humanas: seguridad, solidaridad, participación, pero también confort y calidad de vida.

También es claro que cuando desaparezcan las barreras económicas y políticas del régimen actual, los cubanos, alimentados, educados, sanos, creativos y alegres, expertos en sobrevivir a tan larga penuria, producirán una explosión de  desarrollo. Así, la herencia de una revolución que fracasó en todo lo demás será el comienzo de otra historia.

Profesor, Universidad Javeriana, Departamento de Economía 

 

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