Por: Saúl Franco

La muerte, siempre viva

Está viva la muerte en cada esquina.

Nunca deja de ser una amenaza. Y nada nos inmuniza frente a ella. Ni la juventud y el deporte. Ni el poder, el dinero o la tecnología. Hace parte esencial del ciclo de la vida. Y, de manera contradictoria, da sentido a la existencia diaria.

Una tragedia como la ocurrida cerca a Medellín en la noche del lunes 28 de noviembre con el avión que transportaba al equipo brasilero de futbol Chapecoense, nos pone de frente una vez más ante la certeza ineludible de la muerte y la fragilidad de la vida. Un grupo de 77 personas entre futbolistas, directivos, periodistas, hinchas y tripulación, casi todos hombres jóvenes, se estrelló súbita e irresponsablemente contra un cerro, cuando les faltaba poco para aterrizar. 71 de ellos murieron y 6 quedaron milagrosamente vivos. La tragedia enlutó – y hermanó - a Brasil, Bolivia, Paraguay, Venezuela y Colombia, y al futbol mundial.

En medio del dolor por la tragedia, merece destacarse la organización, eficiencia y calidez en la atención de las víctimas, desde su rescate hasta la repatriación de los cadáveres, lo que disminuyó la incertidumbre inicial, favoreció la atención de los sobrevivientes y atenuó el dolor de familiares y amigos. Demostró, además, que hemos avanzado en la atención de este tipo de eventos, la única de las once “funciones esenciales de la salud pública” que aprobábamos bien cuando se evaluaban este tipo de funciones.

Pero sin duda lo que más nos reconcilió con la vida en medio de tanta muerte, fue el imponente acto de solidaridad realizado dos días después en Medellín. Más de 40.000 personas adentro del estadio Atanasio Girardot, y muchos miles más en sus alrededores, protagonizaron un evento sobrio, muy sentido y significativo. No era la muerte como espectáculo, ni el dolor ajeno como pretexto propio. Era la solidaridad en vivo, la hermandad sin fronteras y la emoción contenida ante la imponencia de la muerte. Hubo pocas y muy sentidas palabras. Como las del canciller brasilero - conmovido aquí y cuestionado allá - quien acertó al interpretar los colores de ambos equipos, que dominaron el ambiente: el verde de la esperanza y el blanco de la paz. O las del aplomado director técnico del Atlético Nacional – digno rival – quien, con buena memoria, reivindicó la Memoria de los fallecidos, y los alineó a todos con nombre propio, desde Danilo en el arco, hasta Ananías en la punta.

La muerte siempre acalla e interroga. Oprime el pecho y la garganta. Inunda los ojos. Rompe vínculos e introduce ausencias. Evidencia la levedad de la vida y la intrascendencia de muchos afanes y tensiones cotidianas. La tragedia agrega el factor de lo inesperado, los interrogantes sobre lo que se pudo prever y evitar, y sobre las responsabilidades personales e institucionales. Y, en este caso, la juventud de las víctimas y la frustración de un proyecto deportivo en ciernes, acaban por configurar un acontecimiento realmente excepcional, que deja huella profunda y delimita un antes y un después.

Por suerte, nunca morimos del todo. En cierto sentido - y la muerte tiene muchos - con la muerte renacemos. Empiezan otras maneras de ser y de andar por el mundo de los vivos. Se adquieren nuevos significados. Sobrevivimos en lo que amamos, en lo que sembramos e hicimos.  Los jóvenes muertos en esta tragedia ya empezaron a lograrlo. Sobreviven y sobrevivirán en sus familias y en sus hinchas. En su equipo, campeón póstumo, y en el futbol. En Chapecó, su pueblo, y en muchos otros pueblos. En el cumplimiento responsable de las normas actuales de la aviación, y de las que la regirán en el futuro.  En los arcanos de las tragedias, en especial las aéreas. Y en el misterio insondable de la muerte, siempre viva.

Médico social.

 

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