Por: Weildler Guerra

La Navidad y Joseph Brodsky

La Navidad nos muestra el camino que lleva a la obra de Joseph Brodsky.

Una época de placenteras lecturas, memorias de la infancia y un estado de ánimo que cabalga entre la tristeza y la exaltación festiva. “En Navidad todos somos un poco reyes magos —decía el poeta ruso—, cargados de regalos hacemos al mismo tiempo de rey y de camello”. Brodsky escribía cada año, entre diciembre y enero, un poema a la Navidad, y mantuvo esa tradición a lo largo de los últimos 25 años de su vida. La Navidad es vivida como un acontecimiento personal, pero también como una fecha cuyo peso dividió el tiempo de una parte de la humanidad en dos mitades. Inmersos en medio de la multitud en las calles, lo que menos se ve es el camino que lleva a Belén. Sin embargo, cuando la bruma se disuelve, afirma el poeta, “surge la figura con su manto, al Niño y al Espíritu Santo, los sientes dentro de ti sin avergonzarte; miras al cielo y ves la estrella”.

Este hombre nacido en San Petersburgo en 1940 pensaba que a quien había leído a Dickens le era más difícil dispararle a otro ser humano en nombre de una idea que a quien no lo había leído. Brodsky, que fue encarcelado por el régimen soviético acusado de parasitismo, no creía en doctrinas políticas basadas en la violencia cuya insonoridad se manifiesta en el hecho de que requieren de sacrificios humanos para su realización. Pese a ello, como lo observó Derek Walcott, el ruso no es un poeta iracundo, no halaga al torturador ni al sistema enrostrándole su culpa. Al exiliarse en Norteamérica en 1972 tampoco cae en brazos de la estatua de la Libertad, pues tal vez, según el escritor caribeño, “teme que su antorcha lo abrase”.

Brodsky tenía una inmensa fe en la literatura, en su tarea de crear una nueva realidad estética que lleva a la realidad ética de los humanos a ser más precisa. Como lo dijo en su discurso al recibir el Premio Nobel en 1987, no se trata de ser educado o letrado, pues Lenin y Stalin, al igual que Hitler, lo fueron, y aun el propio Mao llegó a escribir versos, pero lo que todos ellos tenían en común era que “su lista de poderosos era más larga que su lista de lecturas”.

La Navidad puede ser una época propicia para los milagros porque estos, nos dice el poeta ruso, “gravitan en torno a la tierra y guardan nuestras direcciones. Y tanto es su afán por encontrarnos que incluso en el desierto dan con quien lo habita”. En Navidad extrañamos ese cristianismo fraterno y humilde de nuestra infancia que no es intransigente, ni excluye, ni persigue a otros en razón de sus ideas y preferencias porque es una doctrina basada en el perdón y ninguna otra tiene una tradición tan larga y cruenta de persecución sobre sus fieles. Probablemente, como lo creyera Brodsky, “es muy tarde para el mundo, pero para cada hombre siempre queda una oportunidad”.

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