Por: Laura Juliana Muñoz

La niña y la respuesta

Cuando María Teresa Andruetto escribió "La niña, el corazón y la casa" (Babel Libros), cerró un proceso que venía de años atrás, desde el día en que una mujer le contó que estaba embarazada para su pareja, pero que ella seguiría viviendo sola con su primer hijo porque estaba enfermo.

Ahí había una historia, el qué. Le faltaba el cómo. Supo esperar. Mientras tanto leía, escribía, borraba. Resistió tanto tiempo porque jamás dejó de emocionarse.La niña. La niña es Tina. Cinco años. También hay un niño, un niño al que le pasa algo que apenas se sugiere. Pero él no es el eje, sino ella, la que se hace las preguntas difíciles. ¿Por qué los adultos hacen lo que hacen? ¿Por qué los hermanos deben vivir apartados? Ella, como casi todos los niños, tiene una solución sencilla ante un problema complejo: vivamos todos juntos, todo el tiempo. Es en eso, lo sencillo, donde este libro construye su estética. El narrador nos recuerda el cuento tradicional y con esa voz fluida llegamos al detalle en los movimientos y palabras de esta niña.

El corazón. ¿Qué es el corazón en la mano que escribe? Que la literatura sea una experiencia del lenguaje más allá del asunto del que trate. Que lo obvio no gane la partida. Lograr conmover. “Si me deserotizo de la historia, entonces la abandono”, me dice Andruetto. Sólo de la entraña, más que de la racionalidad, podría nacer ese tono de la llanura que tiene este libro que es lo melancólico, la distancia. La niña se siente un poco sola y el lector querrá seguirla para saber qué es lo que va a develar sobre lo humano. A la autora le interesa lo excepcional que se esconde en lo cotidiano, mirar en profundidad lo que parece sencillo: “No pienso tanto cómo hacer para gustar. Busco una experiencia honda de escritura. Cuando uno va a lo profundo, los clichés se desarman. Aparece la complejidad de lo humano”. El corazón como símbolo de deseo, “y yo le hago caso a ese deseo”. Tener corazón es crear una relación salvaje con lo que se cuenta. O con lo que se desea.

Y la casa. La casa, que es la familia. Y a veces esa casa está fragmentada. La madre está allá, en los domingos, con un poco de culpa, junto al niño enfermo. El padre y la abuela están acá. La vecina está en la tarde de juego y eso también es casa: el tejer relaciones. La casa como una construcción, la del relato: “No es lo que se cuenta, sino el camino que lleva a eso. Es estar al servicio de lo que se escribe, no de un discurso social o lo que ‘deberíamos’ decir”. Luego parafrasea a Pavese: “Soy un narrador que cuenta cosas más importantes que él”. La casa no está terminada. En la vida no hay finales. Por eso en esta novela, más que finales, hay un cierre de experiencia.

 

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