Por: Eduardo Barajas Sandoval

La partida del forjador

Hay quienes contribuyen a las buenas causas desde la discreta posición del forjador; sin aparecer en primera fila, son inspiradores de las definiciones de fondo y animadores de la presencia pública de otros protagonistas, que son los que han de figurar como primeros luchadores de cada causa.

Por lo general solamente cuando los inspiradores de la chispa inicial salen del escenario, comienzan a ser reconocidos, como si su ausencia fuese indispensable para dimensionar las proporciones y el sentido de su obra.

Hocine Ait Ahmed fue uno de los forjadores de la independencia de Argelia. Su pueblo natal, Ait Yahia, donde fue sepultado el primer día de 2016 en medio de una muchedumbre enloquecida, vivió las peripecias de la impotencia de cualquier argumento ante el uso de la fuerza para reprimir la voluntad popular. A los dieciséis años, fue uno de los primeros argelinos en rebelarse contra el dominio europeo. En plena etapa escolar, se vinculó al Partido del Pueblo Argelino y llegó a ser el miembro más joven del Comité Central que diseñaría la estrategia general de las diversas formas de lucha por la emancipación. Ante la inocuidad de la acción partidista, propuso la creación de una “Organización Especial”, brazo armado del partido, que pronto se vio compelido a comandar ante la desaparición de Maohamed Belouizdad, otro legendario precursor de la revuelta argelina que moriría a temprana edad en Francia, víctima de la tuberculosis.

De la lucha armada pasó a la acción diplomática. Entonces aprovechó su exilio en Egipto en busca de darle visibilidad internacional al movimiento de liberación y participó en las más importantes reuniones internacionales de líderes de la lucha anticolonial propia del período de la postguerra mundial. Por eso estuvo en la Conferencia de Bandung, y visitó la India y Pakistán en busca de apoyo a su lucha. También participó con legitimidad política en el desarrollo de las actividades derivadas de la declaración sobre la independencia de los tres países del Magreb, y consiguió que el asunto de la independencia argelina figurara en la agenda de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Siempre en el recinto de la inspiración, animando lo esencial de cada movida dentro de una estrategia que él conocía mejor que nadie y orientaba por lo general con acierto, Hocine Ait Ahmed fue el inspirador de muchos de los movimientos de fichas en la partida de ajedrez de la independencia argelina. Naturalmente tuvo que sufrir los golpes y reveses propios del enfrentamiento con el poder colonial, que por reflejo tiende a reprimir con todas las opciones a su alcance, los movimientos rebeldes. Por eso tuvo que sufrir el exilio, cuando fue capturado por el ejército francés, junto con otros líderes argelinos como Mohamed Boudiaf y Ahmed Ben Bella. Oportunidad que aprovechó para inspirar la conformación de un gobierno argelino en el exilio, como paso previo al ejercicio del poder bajo las condiciones de una independencia que veía venir.

Pero su lucha por la libertad fue mucho más allá de la organización de un Estado argelino independiente. Porque, en la medida que no estuvo de acuerdo con el rumbo que tomó el proceso político del país una vez terminada la lucha anticolonial, se opuso siempre al control militar del sistema político y decidió seguir luchando por la consolidación, tarde o temprano, de un Estado democrático. Desde su posición como miembro del Consejo Nacional de la Revolución Argelina y del Gobierno Provisional, lo mismo que de la Asamblea Nacional Constituyente, mantuvo una posición firmemente civilista, apelando al apoyo de las mujeres, los sindicalistas y los estudiantes, y advirtió sobre los peligros de una división nacional que pudiese terminar en guerra civil. La componenda de una Constitución prefabricada por fuera del escenario de la Asamblea, le llevó a renunciar al cuerpo colegiado y a fundar, como vehículo de su lucha política, el Frente de Fuerzas Socialistas. Esta decisión le valió la descalificación como elemento contrario al poder que resultó consolidado y por lo tanto fue arrestado y condenado a muerte, para luego ser beneficiado por la gracia de cambio de la pena por la de prisión, de la cual se evadió para irse al extranjero a mantener la llama de su movimiento político y de sus ideales que jamás cambiaron.

Después de hacerse reconocer como abogado en Suiza y de obtener un doctorado universitario, cuando apareció una ventana de oportunidad regresó a Argelia como candidato presidencial, pero renunció el día anterior a los comicios, como lo hicieron otros candidatos, con el argumento de que habían descubierto el enorme fraude que llevaría al poder a quien resultó ganador, siempre bajo el esquema de control no civil del poder.

En su funeral el grito siguió siendo el de “Argelia libre y democrática”, que él inspiró de manera consistente desde su juventud y mantuvo hasta el momento de su muerte, en Lausana, siendo el último de los fundadores de la Argelia contemporánea en desaparecer. Su familia, seguramente siguiendo sus instrucciones, no permitió que sus restos fueran enterrados en el mausoleo de los héroes de la patria en la ciudad capital. Por eso reposan ahora en su aldea, con la seguridad de que su memoria seguirá inspirando la voluntad política de lucha de nuevas generaciones, bajo la consigna que él propuso y defendió hasta sus ochenta y nueve años de vida, con su espíritu intacto de forjador.

 

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