Por: Víctor de Currea-Lugo

La paz, bien vale una misa

Dice la leyenda que Enrique de Navarra debía renunciar al protestantismo y abrazar la fe católica, como requisito para ser coronado Rey de Francia.

En una jugada política, el 25 de julio de 1593, dijo la famosa frase: “París bien vale una misa”, y se convirtió meses después en Enrique IV.

Para algunos la frase representa el oportunismo ramplón del rey, para otros el fruto de un cálculo político al servicio de un fin más elevado. Más allá de lo que movió a Enrique IV, aceptar una misa le permitió conquistar el trono de Francia.

La lógica interna de ésta recuerda otra frase famosa, pronunciada por el anarquista Buenaventura Durruti durante la guerra civil española: “renunciamos a todo menos a la victoria”, publicada el 21 de febrero de 1937.

Ambas frases apuntan a las tensiones entre qué es lo relevante y qué es lo cosmético; noción que, llevada a las negociaciones de paz, tiene una profunda validez. Pero el problema es que estamos en un país donde lo cosmético se volvió relevante y donde el proceso de paz en curso no ha sido entendido.

Ni las Farc, ni Santos valoran la importancia de informar a la sociedad porque, para algunos de ellos, renunciar a ese “todo” irónico de Durruti o aceptar la misa de Enrique IV huele a traición. Las Farc y Santos deben entender que la dichosa pedagogía para la paz, reducida a promesas vacías por sus miedos a ser vistos como traidores a sus agendas iniciales, les está convirtiendo en mentirosos ante un sector relevante de la sociedad. La paz bien vale una misa y todas las misas que haya que dar.

Revisar los métodos de comunicación y aminorar la fastidiosa carga discursiva no es una renuncia a los principios ni a las categorías políticas, sino renunciar a una cosmética ineficaz en aras de la paz, aprender de lo que el uribismo hace muy bien en aras de la guerra. La batalla mediática no es menor, no basta tener razón en algo, sino también convencer de ello a un país polarizado y visceral.

Ojalá el Eln, que recoge la noción de diálogo nacional que empujó el M-19, sea capaz de encontrar un lenguaje fresco y directo, sin dogmas ni imposturas para hablarle al país; no hay que temer a los micrófonos ni a las luces del escenario si esos peajes a pagar permiten contribuir a un proceso de paz más legítimo, con menos incertidumbre entre la sociedad y con mayor transparencia. Parafraseando a Durruti: renunciemos a todo, menos a un país en paz.

* Profesor Universidad Nacional de Colombia. @DeCurreaLugo

Buscar columnista

Últimas Columnas de Víctor de Currea-Lugo

Los medios y el Eln

El punto 5F

Para antes de la participación

“No olviden Alepo”

Jerusalén, al derecho