Por: Hernando Roa Suárez

La paz y nuestra Constitución

“¡Cuántas víctimas inocentes de crueles guerras, cuánto espíritu de atropello, de dominio, de perversidad, de desprecio al débil, de ciega envidia del fuerte! ¡Cuánto fanatismo! ¡Lejos queda la dignidad de la persona! La historia del hombre es vieja en milenios pero, comparada con nuestras esperanzas, acaba de empezar”. Norberto Bobbio

Importancia del tema. Qué momento político tan interesante por el que atraviesa Colombia,  hoy. Estamos conmemorando 25 años de haber firmado –en medio de grandes dificultades- el Tratado de Paz que fue la Constitución de 1991. Complementariamente,  se acaba de firmar en La Habana el Acuerdo que puso fin al conflicto armado con las FARC. Con precisión sostuvo Alejandro Santos en el Informe Especial de la Revista Semana: “Se acabó la guerra en Colombia, pero no ha terminado la negociación en La Habana”. Restan unos meses fundamentales  para culminar esta etapa  y, según mi percepción, cerca de cuatro decenios para construir,  planeada y consagradamente,  la paz en Colombia. Es decir, un país donde podamos tener ausencia de violencias abiertas, estructurales y culturales. Es lo que  entiendo cuando el Presidente Santos sostuvo que se trataba de iniciar la construcción de un nuevo país.

Objetivos. Son objetivos de la presente elaboración: Primero. Poner a consideración del lector un conjunto de reflexiones que le permitan acercarse a la comprensión de aspectos sustantivos vinculados a la complejidad del proceso de paz en Colombia;  y Segundo.  Exponer relaciones básicas entre el proceso de paz y  la Constitución Nacional.

El apoyo internacional. Ahora bien,  quien analice cuidadosamente el problema de la internacionalización del mundo contemporáneo,  va a encontrar que nunca como antes,  en los 68 años de nuestras últimas violencias (1948-2016),  la posibilidad de construir la paz en nuestro país había recibido apoyos tan significantes como los de Naciones Unidas, la Unión Europea, la Unasur, la OEA, los gobiernos específicos de Estados Unidos, Francia, Alemania, Inglaterra…y los países amigos.  Notemos entonces que esta variable ha sido, es y será decisiva,  para cristalizar el proceso; estamos viviendo una distinta configuración del poder a nivel internacional y las democracias de origen liberal,  deben tomar decisiones claves para fortalecerse y organizar,  en la práctica de las estructuras sociales: la libertad, la equidad, la justicia, la fraternidad y el desarrollo sostenido, con las implicaciones que de allí se derivan.

El papel estratégico de nuestras fuerzas militares y de policía. Asimismo,  debemos observar cómo ha ido cambiando el equipamiento y el papel estratégico de nuestras fuerzas militares y de policía, hasta llegar  al actual proceso, donde es evidente que hay cambios significantes. Ellas, están mejor experimentadas; y las guerrillas (especialmente las FARC), después de haber recibido cualificadas bajas y cambios importantes, están dispuestas a lograr la salida negociada al conflicto.

Conceptualizaciones básicas.  Precisemos tres conceptualizaciones. Constitución. Un camino para conceptualizar la Constitución es sostener que ella es la Ley de leyes; la Norma de las normas, a la cual está sometido el conjunto de nuestro ordenamiento jurídico. También, es la Ley escrita fundamental de la organización de nuestro Estado, que ha sido ordenada sistemáticamente en los poderes ejecutivo, legislativo, judicial y electoral. Es un documento jurídico-político básico para el cumplimiento y desarrollo del Estado de derecho; es en él, donde se “organizan las instituciones del Estado y se fijan sus reglas de funcionamiento”.

Paz. ¿Existirá una sola perspectiva que se presente con pretensiones de validez universal sobre la paz? La realidad nos indica que este concepto ha evolucionado con el paso del tiempo y los procesos de cambio. Gracias a la interdisciplinariedad en ciencias sociales –y la paz a la que nos referimos es, por supuesto, una noción esencialmente política- hoy tenemos que su construcción tiene implicaciones históricas, políticas, económicas, sociales, culturales, ambientales e internacionales.

¿Cómo podríamos conceptualizarla? Desde el decenio de los setentas, cientistas sociales reconocidos, como Johan Galtung, asesores gubernamentales rigurosos e importantes autoridades de Naciones Unidas, la conciben como la ausencia de violencia abierta, estructural y cultural.

Cultura de paz. ¿Qué podríamos entender por una cultura de la paz para nuestro país? Entiendo que es una forma de ver, de vivir y de sentir la ausencia de la violencia abierta,  estructural y cultural, en nuestros días y hacia el futuro. Esto implica el que podamos construir sistemas, estructuras y personalidades comprometidas y conocedoras de la gran problemática que conlleva la construcción de la paz. Elaboradas las conceptualizaciones,  repensemos el tema central.

Nuestra constitución y la construcción de la paz.  La revisión global de los postulados constitucionales, nos permite encontrar que –nunca como antes– hubo tanta preocupación en el legislador por el tema de la paz. Este es trabajado explícitamente desde el Preámbulo, pasando por los principios fundamentales; los derechos, las garantías y los deberes; los derechos sociales, económicos y culturales; los deberes y las obligaciones. Así mismo, consagra el deber del Presidente de “conservar en todo el territorio el orden público y restablecerlo donde fuere turbado”, para avanzar hasta el artículo 218, donde se consagra que “la Policía Nacional es un cuerpo armado permanente de naturaleza civil, a cargo de la Nación, cuyo fin primordial es el mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas y para asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz”.

Me inclino a pensar que resulta muy útil para los colombianos el correlacionar, por ejemplo, el Preámbulo y los artículos 2, 22, 67, 95, 189 y 218. Leámoslos cuidadosamente y observemos las concordancias. Así,  podemos desentrañar la gran importancia que el legislador le otorgó a la problemática de la paz. De allí puede inferirse que es uno de los temas vertebrales de los que se ocupó el Constituyente del 91. Es claro que, según la Constitución colombiana, existe una urdimbre entre el proceso de construcción de la paz, los derechos ciudadanos, la educación, el deber de todo ciudadano de participar para construir y mantener la paz y el deber de los colombianos de engrandecer la comunidad nacional, dentro de un marco jurídico democrático y participativo.

Observemos que si tenemos en cuenta la información empírica existente en torno a los indicadores sociales en 2016 (distribución del ingreso; calorías diarias consumidas por la mayoría de la población; índices de pobreza y miseria; déficit de vivienda; niveles de recreación y cultura; índices de inseguridad, respeto a los derechos humanos, manejo del medio ambiente…) existe en nuestro país una gran distancia entre el deber ser planteado en nuestros preceptos constitucionales y la realidad. Para los futuros estadistas y demócratas colombianos, aquí tenemos un reto inmenso que debe concretarse en políticas públicas eficaces y eficientes. Si esta tarea no se asume con responsabilidad histórica, me inclino a pensar que el proyecto de democracia participativa, seguirá siendo aplazado.

Los derechos humanos y la paz. Para un demócrata, se presenta diáfano que la paz debe ir de la mano de los derechos humanos y de la construcción democrática en todos los ámbitos; del valor del trabajo y de la recreación. Y en tratándose de los deberes y obligaciones que nos competen a los ciudadanos colombianos ¿cómo no tener en cuenta que “el ejercicio de los derechos y libertades reconocidos en esta Constitución implica responsabilidades”?.

La paz: un derecho y un deber. Preguntémonos ahora: ¿Cómo olvidar que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”? ¿Por qué no retomar en las instituciones educativas, su vocación de constructoras de paz, difundiendo en todos los establecimientos una nueva cultura inspirada en nuestros preceptos constitucionales? Me inclinaría a pensar que se han producido algunos hechos significativos, el surgimiento de organizaciones, la celebración de eventos nacionales e internacionales… y la inicialización de un nuevo y serio proceso de paz, que cuenta con gran respaldo internacional y de las mayorías nacionales, hasta la fecha.

Como asunto prioritario del Estado y la sociedad, el manejo de la guerra requiere estudio, consagración, asesoría tecno-política al más alto nivel, recursos eficientes y eficaces, y manejo de estrategia y táctica actualizadas que respondan a las características del proceso colombiano, dentro del actual contexto internacional. Continuar con las improvisaciones y la falta de conocimiento histórico de las circunstancias reales, sería fatal para el destino de nuestra democracia.

Comentarios finales. Para la culminación del presente artículo, me permito presentar para el análisis, discusión y superación de los lectores,  los siguientes comentarios: i- Quienes hemos tenido la responsabilidad de acercarnos a la comprensión de la problemática de la paz, podemos afirmar que su estudio y solución es el problema más significativo de Colombia, teniendo en cuenta que llevamos 68 años (1948-2016) de enfrentar diversas violencias.

ii- Las conceptualizaciones empleadas son de una gran utilidad para este tipo de ensayos. Hoy como ayer, podemos afirmar que el enriquecimiento teórico va de la mano de las precisiones conceptuales. iii- Conocedores de nuestra evolución constitucional, es conveniente tener en cuenta que en nuestros días podemos sostener que el tema de la paz es transversal a nuestro ordenamiento constitucional.

iv- Pensando en el presente y futuro del país, es evidente que Colombia representa en nuestros días el más importante taller para la realización de investigaciones concernientes a la construcción de la paz. Por tanto, las universidades públicas y privadas, desempeñan y desempeñarán un papel fundamental en la realización de estudios, investigaciones y publicaciones conducentes a descifrar la complejidad de la problemática, y ayudar a la formulación, implementación y evaluación de las políticas públicas que permitan institucionalizar la paz en nuestro país.

v- Como demócratas, estamos invitados a comprometernos en ser sujetos activos que ejerzamos la ciudadanía, –de tal manera– que aportemos en la transformación de la inequidad social. vi- Contribuir a crear una nueva cultura de paz, mediante la cooperación público-privada, es un camino apropiado para fortalecer nuestro proceso de paz y nuevas formas de ver, vivir y sentir sus beneficios.

LECTURAS MÍNIMAS INICIALES.
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