Por: Daniel Mera Villamizar

La posverdad del Nobel de Paz al presidente Santos

La ceremonia misma en Oslo desmintió la narrativa de guerra civil.

Si a Obama le dieron el Nobel de Paz en 2009 por prácticamente ningún mérito, ¿por qué habría de molestar que se lo otorguen a Juan Manuel Santos por esfuerzos de 6 años (o de 32, como dice su vídeo biográfico)?

Que el Comité Noruego del Nobel haya querido intervenir en Colombia es normal en la hiperglobalización. Lo que tiene sentido discutir es la razón aducida para conferirle el premio, no que se lo entregaran.

La razón esgrimida es: "por sus esfuerzos decididos y valientes para poner fin a la guerra civil del país de más de 50 años de duración".

El discurso de la presidenta del Comité Noruego del Nobel usó siete veces la expresión "guerra civil". El problema es que en Colombia no hemos tenido guerra civil en los últimos 50 años.

Y no se resuelve llamando mentirosa o ignorante a la dirigente noruega. Tal vez sirva la palabra del año 2016 en el idioma inglés, según el Diccionario Oxford: posverdad (post-truth).

Este adjetivo denota "circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos a la hora de modelar la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal".

Para una parte importante de la opinión pública europea, se terminó en Colombia una guerra civil; no importan los hechos que indiquen que no se trataba de lo que ellos quieren creer.

"Sus Majestades, sus Altezas Reales, sus Excelencias, honorables invitados" estaban viviendo una posverdad, de la que el presidente laureado no los quiso apartar.

Obviamente, el presidente Santos no usó ni una vez las palabras "guerra civil" en el discurso de recepción del Nobel, y, de hecho, el especial de la web de presidencia tiene el cuidado de poner solamente  la palabra "guerra", sin "civil", al traducir el motivo del Nobel.

Esta 'posverdad' tiene al menos dos consecuencias: 1) que magnifica la gesta del laureado, pues algo va de pactar el fin de una guerra civil —que es una confrontación de legitimidades—, a negociar (bien o mal) el fin de una guerra contra la sociedad por parte de un grupo sin legitimidad. [Ni se diga la gracia inversa de recibir lo segundo y negociar casi como si fuera lo primero]

Así, Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo habrían merecido el Nobel de Paz por acordar en 1956 y 1957 la convivencia pacífica tras "La Violencia" liberal-conservadora, una guerra civil no declarada que en menos de una década tuvo tantos muertos civiles como la guerra contra la sociedad de estas cinco décadas.

El caso histórico ayuda a explicar, de paso, por qué el plebiscito de 1957 fue votado por unanimidad por los colombianos, a diferencia del de 2016. Pero podríamos hacernos los tontos y dejar que levite el presidente Santos con el descreste noruego (como el meritorio científico Raúl Cuero cuando le decían en Colombia que era de la NASA y él no corregía), si no fuera por la otra consecuencia grande de esa posverdad: que distorsiona dramáticamente la narrativa internacional de Colombia (y además puede confundir a niños colombianos  —y a adultos— sobre nuestra historia).

Al menos en privado, el presidente Santos ha debido, por honestidad intelectual, devolver un poco a los noruegos hacia la verdad colombiana, si es que no la observaron en la ceremonia misma: si hubiese sido guerra civil, la reconciliación habría impuesto que en Oslo estuvieran los líderes del otro lado, pues no se comienza una paz excluyendo al adversario.

Pero se les excluyó y en cambio estuvieron representantes simbólicos de las víctimas (de Bojayá, de las viudas de los 11 diputados, Ingrid Betancourt, Clara Rojas), una manera de recordar a los victimarios ausentes. Se dice que no llevaron a Timochenko para que no le robara protagonismo a Santos, aunque una razón de más peso es que la mayoría de colombianos lo habría tomado bastante mal. Por algo el Comité noruego no otorgó un Nobel compartido.

Santos usó solamente dos veces la palabra reconciliación en su discurso, y no refiriéndose directamente a las Farc. A la hora de su verdad, no le sirvió el mantra vacuo de la reconciliación (exprés), que ha inhibido en Colombia la reflexión moral y ética sobre el acuerdo de paz. Y no se trata del perdón; se trata de la verdad histórica y de la legitimidad para imponer cambios en la Constitución y la legislación porque "si no, se devuelven al monte", lo que es hoy un mal chiste. Llegará el tiempo de corregir la narrativa mundial de Colombia que propaga esta posverdad vendida desde Oslo. @DanielMeraV

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Daniel Mera Villamizar

Lo que está en juego con el paro universitario

Toma y dame con universidades públicas

Alimentación escolar: a esperar la proteína