Por: Santiago Villa

La próxima superpotencia

La pregunta por la próxima superpotencia suele esquivar la incómoda cuestión del colonialismo.

Estados Unidos está perdiendo el estatus de única superpotencia mundial que ocupó tras la caída de la Unión Soviética en 1991. No es sólo el nuevo poderío de una China emergente lo que ha hecho del Tío Sam el Tío Abuelo Sam. Los fiascos militares de Irak y Afganistán, la torpeza general de la política exterior americana, su enorme deuda, el desequilibrio de su balanza comercial, y otros motivos más han contribuido a su declive.

Muchos se preguntan: "¿qué viene ahora y cuál será la próxima superpotencia?". Entre los que intentan responder a la pregunta se encuentra Vaclav Smil, científico ambiental y analista político de la Universidad de Manitoba en Canadá, que además es uno de los autores favoritos de Bill Gates. Smil analiza esta cuestión en su libro Catástrofes y tendencias globales: los próximos 50 años. Su conclusión es que no ve a ningún país -ni siquiera la Unión Europea como conjunto de países-, que pueda asumir el papel que cumplía Estados Unidos.

China, por ejemplo, tiene un cuello de botella demográfico que reducirá la cantidad de mano de obra disponible en comparación al número de ancianos. Además, no tiene suficiente tierra cultivable para suplir las futuras necesidades de alimentación de su población. De hecho, este último punto, la falta de tierra cultivable para construir una superpotencia, es uno de los principales escollos de todos los países emergentes analizados por Smil, desde India hasta Brasil.

Lo que Smil prevé es un mundo en el que no habrá una superpotencia, sino un vacío de poder. No un mundo multipolar, sino naciones de más o menos el mismo poderío en una riesgosa competencia por recursos finitos.

Todas estas observaciones son ciertas, pero la forma como Smil responde a la pregunta por la superpotencia delata uno de los errores comunes que cometen los analistas "primermundistas" cuando hablan de este tema: son ciegos a los efectos que la colonización -y la neocolonización- ejercen sobre la geopolítica.

Los ejemplos citados por Smil en su libro para explicar la transición de superpotencias mundiales, España entre el siglo XVI y XVII, Inglaterra del XVIII al temprano siglo XX, Estados Unidos entre el XX y ahora, y la Unión Soviética durante la segunda mitad del siglo XX, practicaron el colonialismo, o la variante solapada de la Unión Soviética y Estados Unidos.

Coincido con que no hay una superpotencia que esté a punto de reemplazar a Estados Unidos, pero no porque no exista un país que reúna las virtudes que Smil asocia con el Estados Unidos previo al siglo XXI -a decir: seguridad alimentaria, balanza comercial favorable, innovación e ideologías contagiosas en el ámbito internacional-, sino por otro motivo mucho más esencial a la condición de una superpotencia: ningún país ha anunciado que se está preparando para una expansión imperialista.

Las superpotencias internacionales se construyen con violencia. Estados Unidos se creó robando buena parte del territorio mexicano; tumbando gobiernos y promoviendo dictaduras en los continentes americano, africano y asiático; imponiendo duros términos comerciales y financieros a los estados bajo su esfera de influencia; y procediendo en términos generales como lo hace un imperio. Por algo existe el término "imperialismo yanqui", que si bien se practica ya en menor medida que en sus décadas de esplendor, no es sino mirar al Medio Oriente para apreciarlo en la práctica.

Hay algunos actores que podrían convertirse en superpotencias durante los próximos cincuenta años. Estados Unidos podría recuperar su lugar, Europa con mayor dificultad también, China es uno de los candidatos más probables, y Rusia, aunque en menor medida, también es un candidato. El desequilibrio de la balanza comercial, la disponibilidad de alimentos y demás escollos que Smil ve en el camino pueden resolverse si el que se postula procede como lo han hecho todas las superpotencias de la historia: invadiendo al débil y apropiándose de sus recursos. 

Twitter: @santiagovillach

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