Por: Julio César Londoño

La rectora proxeneta

Los santanderes han sido siempre “territorio Marlboro”, pero la situación empeoró a principios de la década pasada, cuando se dio la gran escalada del fenómeno paramilitar en todo el país.

Según la Unidad de Víctimas, entre 2002 y 2010 el promedio anual de víctimas del conflicto pasó de 216.00 a 438.000 (la Unidad recogió estadísticas del período 1985-2013). En Charalá, por ejemplo, los “paras” eran la ley. Controlaban el nivel de ruido en la calle, las horas y las zonas de trabajo de las prostitutas y quién podía ingerir licor. A las parejas problemáticas las ponían a barrer las calles, a los ladrones les escribían letreros en el pecho y la espalda —“Soy ladrón”—, a los borrachos les ponían camisetas verdes, a los mujeriegos amarillas y a las “bandidas” rojas.

Lo único que no les parecía censurable era la afición por las colegialas.

Contaban con una aliada incondicional, Lucila Gutiérrez, la rectora del Colegio Nuestra señora del Rosario, una viejita de 67 años de aspecto inofensivo y una sonrisa permanente en el rostro. En realidad era una proxeneta que organizó un “servicio” que tiene horrorizado al país: convirtió el colegio en un punto de suministro de esclavas sexuales para uso exclusivo de los comandantes paramilitares de la región. Lo más sorprendente es que no lo hizo de manera secreta. Organizó una reunión con el comandante “Víctor”, las profesoras y varias estudiantes de secundaria, y les comunicó a todos la que sería la única regla del negocio: “Las niñas solo pueden tener relaciones amorosas con los comandantes, jamás con los patrulleros”. (El Espectador, pág. 10, abril 24 de 2006).

Complementó la reunión con reinados y desfiles de las alumnas más lindas para que los comandantes las pudieran apreciar mejor. En mitad de la fiesta los comandantes abordaban a las niñas y les hacían regalos y proposiciones. A las que se resistían, les recordaban que ellos podían hacerles daño a sus familiares. Sacarles los ojos o las vísceras o jugar fútbol con sus cabezas; lo normal, pura galantería paraca.

A veces las relaciones amorosas empezaban de otra manera: la viejita interrumpía una clase, llamaba a una de las niñas, la llevaba a la rectoría, donde la esperaba un comandante, los presentaba con su eterna sonrisa y los dejaba solos.

A veces se quedaba. Una de las estudiantes contó a la Fiscalía que un paramilitar la besó a la fuerza en la rectoría mientras la viejita “siguió ahí, en su computador”.

Pero nadie se atrevía a protestar. No pasaba una semana sin que hubiera al menos una masacre en la región y nadie quería estar en la lista de víctimas de la próxima masacre. El Frente Comuneros Cacique Guanetá tenía aterrorizados al pueblo y a otros 32 municipios, entre estos Socorro, Galán, San Gil y Ocamonte. El Frente hacía parte del Bloque Central Bolívar, cuyos comandantes fueron “Julián Bolívar, “Macaco” y “Ernesto Báez”.

El único que esbozó una tímida protesta fue Jorge Mario Rivera, el alcalde de Charalá. Entonces los “paras” lo subieron a un vehículo y lo secuestraron para explicarle algunas cosas. El conductor del vehículo era Luis María Moreno, concejal del pueblo y esposo de la solícita rectora.

¿Cómo estudiaba una niña sabiendo que en cualquier momento podía entrar la viejita, llevarla a la rectoría y encerrarla con un asesino? ¿Cómo podían dormir sus padres con ese odio y ese dolor en el pecho?

La viejita, su esposo y algunos de los paramilitares involucrados en el caso están hoy tras las rejas. Todo esto ocurrió entre el 2000 y 2004. Entre el fin del Caguán y el comienzo de la Seguridad Democrática. Gobernaron a Santander en estos años Miguel Jesús Arenas, Jorge Eliécer Gómez y Hugo Aguilar.

 

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