Por: Eduardo Barajas Sandoval

La solidez de América Latina

La frontera que Trump pretende cerrar con un muro es la de los Estados Unidos con América Latina.

Las proclamas del discurso de posesión del Presidente Trump marcan una ruptura importante tanto en el orden interno como en el internacional. La convicción de que es urgente emprender una tarea de reconstrucción de su país implica el desconocimiento de lo que hubiesen podido hacer sus antecesores, presentes en el acto. El llamado al nacionalismo, y la invitación expresa a que otros países hagan lo propio, puede ser una fórmula embaucadora de sentimientos que han llevado a la desgracia del desencuentro y de las guerras. Procesos que comienzan con una retórica alimentada cada día por nuevos incidentes, pasan a la competencia comercial desaforada y terminan en las armas.

La referencia al hecho de que “por mucho tiempo un pequeño grupo en la capital ha cosechado las recompensas del poder, mientras que el pueblo ha soportado el costo”, y las quejas de que “Washington ha florecido pero el pueblo no compartió su riqueza”, de que “los políticos prosperaron pero los puestos de trabajo quedaron atrás y las fábricas cerradas”, y de que “el establecimiento se protegió a sí mismo, pero no a los ciudadanos”, evocan lo que pudo haber dicho un nuevo presidente en cualquier capital de África o de América Latina. En ese contexto, el anuncio de “transferir el poder de Washington, para devolverlo a ustedes, el pueblo”, paradójicamente es muestra de una concepción del poder como la oportunidad de cosechar riqueza y recompensas. Y el conjunto de todas las afirmaciones anteriores hace recordar lo que pudo salir de la boca de caudillos europeos en los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial.

El agradecimiento que dio al “pueblo del mundo”, evoca una convicción o reflejo imperial, de alguien que reclama jurisdicción porque cree tener en sus manos el destino del planeta, sin consideración hacia el modelo de federación propio de los Estados Unidos, donde el gobernador de cada Estado tiene muchos más poderes para manejar la vida cotidiana que los que pueda tener quien ocupe la Casa Blanca. Muestra también muy poco conocimiento de las complejidades de un mundo que, en un largo y complejo proceso, ha borrado fronteras que será muy difícil volver a establecer. Tal vez ideas de alguien que solamente ha trabajado como jefe de empresas de las que es dueño, lejos de factores institucionales internos de contrapeso o tratados internacionales que limiten su poder.

No existen razones para pensar que, al referirse a los mexicanos a lo largo de su campaña, el nuevo presidente de los Estados Unidos quisiera establecer distinciones entre los inmigrantes oriundos de México y los provenientes de El Salvador, Guatemala, Honduras, y de una larga lista de latinoamericanos, vinculados o aspirantes a vincularse a la sociedad estadounidenses, y a su economía, en condiciones similares a las de los mexicanos. Si hubiese otros países latinos que tuviesen frontera con los Estados Unidos, aún sin tratado de libre comercio, el tratamiento, según el modelo Trump, sería el mismo, con anuncio de muro y todo, pues millones de personas procedentes de toda nuestra América han entrado, quieren entrar, o han tenido hijos en los Estados Unidos.

En la medida que el nuevo presidente piense y crea todo lo que ha dicho sobre las injusticias de la existencia de un Estado cooptado por una clase política indolente, y sobre la denegación de beneficios para los sectores populares, debería comprender mejor que nadie la situación de América Latina, donde todo eso ha sido parte de la historia. También comprendería los motivos de la migración y el compromiso enorme que esos migrantes pueden adquirir con los propósitos de la Unión Americana que ahora gobierna. Entonces podría tener mayor consideración con la condición doblemente americana de los hispanos, cuyas actividades en gran medida figuran dentro de la lista de trabajos que no quisieran realizar quienes votaron por él con esa idea de una América excluyente que ya difícilmente puede vivir sin los millones de manos latinas que hoy le ayudan a funcionar.

La solidez, y la solidaridad, de América Latina, están a prueba. El reto de reaccionar adecuadamente ante lo planteado por Trump respecto de los inmigrantes mexicanos es igual para todos los países de nuestro enorme continente. Mal se puede pensar que es solo para los del país inmediatamente limítrofe. México está en nuestra vanguardia geográfica frente a los Estados Unidos y tiene también un nacionalismo que ya ha pasado duras pruebas. Pero no hay que dejarlo solo. Porque desde esa frontera y hasta la Tierra del Fuego estamos, como destinatarios de una nueva política y una nueva visión estratégica, todos los demás, hermanados con los mexicanos por múltiples motivos, desde nuestra configuración original hasta nuestro destino presente. Nuestras cancillerías, en ocasiones acostumbradas a complacer vergonzosamente los deseos de Washington, deberían estar trabajando de común acuerdo para dialogar constructivamente, como bloque latinoamericano, con el nuevo poder federal de los Estados Unidos. Solo así mereceremos el respeto que reciben los que forman alianzas sólidas en el juego del poder internacional.

No debe haber lugar para la desbandada, el arribismo ni el oportunismo. La fragilidad de América Latina en estos momentos traería consecuencias funestas para todos, sea porque los hijos de uno y otro de nuestros países pueden ser víctimas de injusticias, sea porque la falta de unidad conduce al menosprecio, aún hacia los más abyectos, así piensen lo contrario.

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