Por: Ana María Cano Posada

La taza llena

En julio de 2014, Explora, museo de la ciencia, hizo una charla sobre el aire en Medellín.

En ella el médico epidemiólogo Elkin Martínez López de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Antioquia, dijo que al año unas 1.500 personas morían en la ciudad por enfermedades respiratorias asociadas. Pero sonó como un disparo a lo lejos, a pesar de que la pesadez de la atmósfera venía creciendo en todos los barrios. Hoy discuten las autoridades si se le atribuyen al aire cinco muertes por día y si la causa del nueve por ciento en toda el Área Metropolitana del Valle de Aburrá tiene origen en la contaminación. Un asunto crítico de salud pública.

A mediados de marzo de 2016 tomó por sorpresa a quienes miden el aire que respira Medellín y sus alrededores, el que apareciera en rojo, que es el nivel dañino para todos los ciudadanos. El mismo rojo de Ciudad de México o de Beijing. No es repentina esta nata densa y sucia que ha ido fabricándose y espesándose a partir de las crecientes y descontroladas emisiones de vehículos, de fábricas, de remoción de escombros en construcciones, de depósitos de residuos. Corresponde a la mentalidad sistemática de abolir espacios abiertos para rentabilizarlos. Unos 30 años lleva esta consigna de arrasar el verde y el agua en aras de ocuparlo todo, de usarlo todo, de apropiarse de todo. De llenar la taza que es Medellín hasta los bordes.

Cuando saltó el rojo de las alarmas comenzaron a preguntarse el Área Metropolitana del valle de Aburrá y los diez alcaldes que la componen cómo paliar en días lo que se ha causado en años y que para simplificar lo llaman “contingencia atmosférica”. Y atribuyen al Fenómeno del Niño el tapón de nubes que se ha formado y que no deja circular el aire en esta muralla de montañas que la encierra. La modificación del paisaje es evidente: del azul y el verde pasó a verse un telón lechoso que vela los ojos de los que vivimos aquí.

El cambio climático da síntomas generales en el planeta, pero aquí tiene indicios particulares: es una ciudad envenenada, ahogada en su propio residuo tóxico. Como si fuera un cuento de Ray Bradbury: ingenuos habitantes de un valle rodeado de primavera y elogios, un día se percatan de haber alcanzado el límite de agotar sus recursos, el oxígeno en primer lugar.

Científicos norteamericanos estudian la incidencia de la contaminación en la demencia y el Alzheimer por la conexión directa al cerebro de las toxinas inhaladas. Pero aquí se toman medidas provisionales: no trotar ni caminar ni ir en bicicleta en las mañanas para evitar el tope de contaminación. Transportarse en metro gratuito de las nueve de la mañana a las cuatro de la tarde. Pico y placa en los diez municipios. Algunos constructores se reúnen para racionalizar la movilización de volquetas. Y aunque baja el rojo a naranja por momentos, se mantiene este olor a ripio, esta visión borrosa que elimina los contornos.

Lo que ha empujado las cosas hasta aquí es el progreso confuso, desbocado, que arriesga sin reservas y arrasa el aire y el espacio. Nadie podrá contar al final cuántas víctimas cobra este desastre climático auto-producido. Medellín es otra vez el laboratorio indeseable de lo que nos pasará a todos.

625885

2016-04-07T14:51:16-05:00

column

2016-04-07T21:43:12-05:00

none

La taza llena

13

3320

3333

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ana María Cano Posada

La buena hora

Pasar el muro

Salir de las filas

La mirada lela

Adiestramiento