Por: Mauricio Rubio

La teoría de género y sus estragos

Una teoría propuesta para transexuales –menos del 1% de la población- fue generalizada a la ligera y manipulada por feministas lesbianas. Ahora despista o irrita a mucha gente.

En los años cincuenta, el sexólogo John Money acuñó el término “roles de género”. Su interés eran los intersexuales, entonces hermafroditas. El género permitía separar la identidad sexual del sexo biológico ante una anatomía ambigua al nacer. Como psicólogo conductista, Money planteó que la educación hace al hombre y a la mujer. Cuando presentó en la TV su teoría, respaldada por una femenina y convencida transexual, Janet y Ron Reimer vieron allí la salvación para su hijo Bruce que, recién nacido, quedó sin pene por una circuncisión malograda. Contactaron a Money, quien los convenció de que Bruce podría ser criado como mujer. Bastaba la educación apropiada y unos ajustes quirúrgicos. Crecería junto a su hermano gemelo Brian, demostrando que el género se construye.

Según la teoría de Money -extensión apresurada de casos excepcionales- todas las personas nacen neutrales con una “puerta al género” abierta por unos años; la oportunidad para probarla eran esos dos gemelos, idénticos al nacer pero uno criado como mujer. Con asesoría de Money, Bruce fue castrado para no producir hormonas masculinas y obligado a crecer como Brenda sin decirle que había nacido hombre. A principios de los setenta Money publicó el caso con los seudónimos de John y Joan. La historia y la teoría ganaron fama de inmediato.

El experimento no funcionó. Aún sin pene, Brenda era masculina, odiaba los vestidos de niña, le gustaban los juguetes de su hermano y hacía deporte con él. No tenía amigas. En lugar de reconocer su error, Money intensificó el tratamiento. Se empeñó en persuadirla y hasta le prometió una vagina. A pesar de las hormonas que le recetó y unos pequeños senos, su voz, espalda y cuello seguían siendo de hombre. A los 13 años su padre le contó la verdad y ella sintió un gran alivio, dejó de sentirse desequilibrada. Inmediatamente empezó a vivir como David. Revirtieron el tratamiento hormonal y con la compensación por la circunsición mandaron reconstruir su pene. Se casó joven y adoptó un hijo. Su salud mental se deterioró hasta una depresión severa que terminó en suicidio.

Esta víctima del género no se hizo pública y la teoría sobrevivió. Encajaba en el célebre postulado de que la mujer se hace. Era la prueba que buscaban las feministas para acallar cualquier pretensión de diferencias naturales entre hombres y mujeres, quedaba claro que nacían iguales y la sociedad las discriminaba. Por la época en que Brenda no hallaba su género, Gayle Rubin, antropóloga cultural, feminista, lesbiana, aparentemente trans, publicaba el que sería un influyente ensayo sobre la dicotomía sexo género. Rubin pretendió identificar los mecanismos sociales, históricos y culturales que producen la heteronormatividad. Adobado con Marx, Engels, Freud y Lacan sugirió un programa político “para eliminar las sexualidades” en una sociedad andrógina. En poco tiempo, feministas académicas gringas, buena parte lesbianas, lograron aclimatar la teoría de género como “el complejo proceso mediante el cual infantes bi sexuales se transforman en dos géneros, masculino y femenino, uno destinado a dominar y el otro a obedecer”. El volantín mental requerido para hacer una inferencia del 1% de transexuales, que nacen así, a toda la población no impidió que se propagara la alucinante doctrina detrás del feminismo de género y el discurso LGBT. En Colombia hay activistas que, sin rubor, insisten que el género es algo que “asigna” el sistema junto con una “norma” heterosexual arbitraria, que se puede alterar. Con esa fábula han sido embaucados burócratas y educadores.

Hace unos meses, ante un llamado del papa Francisco, cientos de miles de italianos salieron a protestar por la educación basada en esa ideología. El “día de la familia” se organizó contra la difusión de la teoría de género en las escuelas. "Decimos no a cualquier forma de educación que niegue las diferencias sexuales" exclamó uno de los manifestantes. Como se trata de católicos azuzados por el pontífice, que también se oponen al aborto y al matrimonio igualitario, es fácil para intelectuales de vanguardia ignorarlos por fanáticos. Pero en algún momento los mismos científicos evolucionistas que, con retraso, tratan de controlar los estragos del creacionismo en la enseñanza gringa, apoyarán manifiestos contra la disparatada idea de que todos los hombres podemos ser Brendas, y todas las mujeres Gayle Rubin.

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