Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

La teta asustada

En el útlimo trimestre del embarazo, las mujeres nos convertimos en una enciclopedia de calamidades potenciales de un bebé en el vientre materno.

En lo que parece un intento por crear empatía, la gente se aproxima a nosotras invocando historias macabras, cuyo colofón inalterable es: “Pero, tranquila: eso no le va a pasar a usted”.

Uno de los miedos inoculados con mayor efectividad es la lactancia: “Si usted cree que el parto es duro, espere la bajada de la leche…”.

En un mundo embriagado con lo artificial, lo natural es tabú. Después de la celebración de la Semana mundial de la lactancia materna, es pertinente reflexionar sobre uno de los momentos más sublimes en la vida de quienes elegimos la maternidad: la lactancia.

Durante mi primer embarazo, gemelar, el obstetra me recomendó quietud. Desde el séptimo mes permanecí acostada, incapaz de leer, oír radio o ver televisión. Con el aburrimiento y el insomnio de mi condición incubadora, mi cerebro permanecía apagado y el alma en perfecto equilibrio: pasaba los días concentrada en un punto fijo en la pared u observando fotografías de indígenas con sus críos pegados al pecho.

Dejé de asociar la Vía láctea con Carl Sagan. Soñaba mi propia escena tribal. Anhelaba la intimidad de ‘La Virgen del cojín verde’, de Andrea Solari, reproducir la sutil epifanía que encarna el vector trazado por el pintor renacentista entre los ojos de la madre y del hijo. Envidiaba el poder de la yegua recién parida en un potrero.

Al gran día llegué con una certeza: nadie le acercaría un tetero a mis mellizos. Lejos del plácido niño Jesús de Solari, mis bebés hambrientos eran una versión temprana de ‘El Grito’, de Munch. “Usted está seca, no le baja leche”, revoloteaban las enfermeras, mientras mi marido y mi mamá (en condición de abuela) debutaban en las faenas del arrullo.

Una asesora de la Liga de la Leche llegó para rescatarme de mí misma, para reafirmar mi naturaleza animal: “¿Le duele?, ¿le arde?, ¿está cansada?… ”.

No. No. No. Sí. Sí. ¡Sí!

Cuando mis hijos (alimentados exclusivamente con leche materna) tenían un poco más de un mes, una amiga tuvo trillizos. Las condiciones complicadísimas de su parto prematuro le impidieron amamantar. Si de niñas compartíamos hasta un confite, ¿por qué no hacer lo mismo con la leche?

Un solo cuerpo para abastecer a cinco bebés.

Después, alimentaría a mi hija menor hasta los dos años. “¡No fregués, Ana, mirá que la niña ya va de morral al jardín infantil! …”.

La lactancia en público es asociada con la falta de pudor y de elegancia. A todas nos advierten sobre la caída de los senos, pero a nadie le cuentan sobre los efectos del colapso de las defensas de un bebé cuando no toma leche materna.

Nunca es tarde para reivindicar la sofisticación de lo natural.

Amamantar donde sea y cuando el bebé quiera. Nadie ha dicho que es fácil proteger a la camada.

Cada quien elige su manada.

 

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