Por: Melba Escobar

La tolerancia de los tolerantes

“Ahora solo falta que haya baños especiales para indígenas, y puestos para los negros en los buses”, comenta alguien en redes, otra persona replica “respetamos la diversidad, pero no contaminemos a los niños con tendencias perversas”; o esta perla: “los gays quieren globalizar su ideología”, o “quieren colonizar al país”.

A esto habría que sumar el trino donde alguien afirma “quien crea que al leer un manual de educación sexual se puede volver homosexual, que no lea la revista Motor, se puede volver un Transformer”. Y así. Aquí todos hemos tenido espacio para darnos un festín de emociones donde el matoneo, el chascarrillo inteligente, el insulto, la amenaza, el ejemplo, la anécdota y la comparación, son solo algunas de las estrategias que pululan en redes sociales, radio, televisión, prensa y conversaciones en la mesa de al lado. Abundan los chistes sobre la diputada santandereana. No es para menos, pocas personas conozco con tanta claridad en la vida acerca de lo divino y lo humano como ella, una mujer capaz de usar la palabra “principios” más de diez veces en un solo discurso, alguien que afirma que su claridad sexual está marcada porque ella “tiene una vagina”.

Pero antes de insultar a Ángela Hernández o ridiculizarla, algo fácil de hacer, la verdad podría decir que ella es un ejemplo bastante representativo de la educación recibida por muchos colombianos, sea en la escuela o en casa. También quienes la acusan de asesina en potencia, de trepadora, oportunista y retrasada mental, fueron educados en escuelas y familias en las que sin duda el ejercicio de la tolerancia sigue siendo una tarea pendiente. Tanto ella, como unos cuantos miles o millones de colombianos ven la homosexualidad como una ideología. Si partimos de ahí, podríamos decir que es un país que muy probablemente no está preparado para aceptar que los niños comiencen a ir de falda al colegio libremente, o donde si eso ocurre, podría tener unas consecuencias tan violentas o inesperadas como innecesarias. Esto, claro, no significa que dado el caso de un estudiante transgénero que quiere irse de falda porque es ella y no él, tiene todo el derecho a hacerlo. Y hasta donde entiendo, la Corte constitucional ya se pronuncia al respecto, para que no se vulnere el derecho al libre desarrollo de la personalidad. Porque sí, es una salvajada imponer una identidad única o, en su defecto, someter a quienes no asumen la uniformidad al linchamiento. Como dijo Máximo Castellanos, representante de la Red Nacional Transgénero en medios: “Si le preguntas a cualquier persona homosexual o transgénero si hubieran tenido otra infancia, te dirían que sí, porque hemos sobrevivido al suicidio, a la depresión y a la calle”. Y eso no puede seguir ocurriendo. Claro que hay que hacer algo, claro que no podemos permitir que se violen los derechos de los menores ni que se tenga la menor complicidad con la vulneración de sus derechos. Sin embargo, ¿cómo hacerlo en un país inmenso, un país diverso culturalmente, étnicamente, con formas de vida y de pensamiento tan distintas entre sí? ¿Es posible pensar que una cartilla va a traer a estos territorios polarizados la tolerancia esperada? ¿No se está sobreestimando la capacidad de un producto por encima de la necesidad de promover un diálogo? ¿Qué se pondrá en práctica de forma inmediata con el respaldo de las directivas, muchas de ellas homófobas, de sus maestros, muchos homófobos también, y con miles de familias y estudiantes en contra? Me pregunto si esta es la manera de hacerlo. Si esto no se parece un poco a actuar por decreto, si nosotros, “los tolerantes”, estamos ejerciendo el respeto y la aceptación del otro de la misma manera en que esperamos que se respete a las minorías en los colegios. ¿No es la polarización que estamos viviendo una muestra del rechazo que esta propuesta genera en buena parte del país? ¿No habría que sentarse a escucharles antes de caer en la descalificación y el insulto? ¿No es esa la tolerancia? ¿Estamos ejerciendo la tolerancia los tolerantes? Es una pregunta que no he podido responderme. Las certezas, cuando son tan firmes, llevan a menudo a la emotividad, más que a decisiones concertadas, democráticas y serenas.

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