Por: Juan Manuel Ospina

La trampa de las redes sociales

Comunico, luego existo. La comunicación es intrínseca a la condición humana. Es la actividad, la energía que nos hace humanos y que a la sociedad le da su estructura, su argamasa o pegante.

Las principales actividades propiamente humanas –el conocimiento/la curiosidad, la religión/la cultura y la política/el poder– son en su esencia y en su dinámica procesos de comunicación. Los grandes avances en esos campos están marcados por progresos comunicativos que permiten conocer, compartir y enriquecer las experiencias, y acercar e integrar la acción (y los sueños); así como conocer y respetar las diferencias y los derechos que les son consustanciales, mientras que  la incomunicación o la mala comunicación polariza y predispone al enfrentamiento.

La historia de la aventura humana es un entramado de  comunicaciones que crece a medida que ésta se desenvuelve; sus grandes momentos y transformaciones están marcados por cambios y avances comunicativos en  su cantidad (densificación) y en su alcance y contenido –de la familia y la comunidad veredal a las nubes cibernéticas actuales; del chismorreo de vecinas a las ilimitadas redes sociales; del control/privilegio de los barones de la prensa a “ahora todos somos periodistas”; del monopolio y el sigilo en el manejo de la información a los wikileaks; del control/monopolio por los partidos y el Estado a redes sociales convocando, movilizando,  juzgando…-.

Actualmente vivimos un proceso acelerado de revolución en las comunicaciones, que  transforma la vida en sociedad y nuestra forma de entender y de entendernos, de actuar y de interactuar. En el ámbito de las comunicaciones es la realización del sueño del pensamiento liberal de darle a  cada ciudadano la posibilidad de expresar sus posiciones libremente y sin intermediarios,  sus acuerdos o desacuerdos sobre lo divino y lo humano; al menos teóricamente todas las opiniones valen, aunque en la práctica unas puedan pesar más que otras, dado el poder o la credibilidad de quien las emite. Se está en esa vía a un paso del ideal griego de la democracia directa en la cual los ciudadanos sin distingos, tenían el derecho de ser escuchados en el Ágora; la pequeña diferencia con lo actual, es que en la Grecia clásica, los ciudadanos con derechos eran una minoría.  Es la democracia entendida y vivida como una sinfonía de miles y aun millones de voces discordantes pero libres.

Bello sueño  que  sin embargo acaba  materializándose en una realidad no tan diáfana, en razón del inmediatismo de las comunicaciones (“en tiempo real”) que da pie a reacciones cargadas de emotividad, muchas veces epidérmicas e inducidas por la corriente de opinión/de emocionalidad  generada (“Las olas”…), y de manejos mediáticos para condicionar desde la compra del champú hasta decisiones políticas fundamentales,  cerrándole el paso a la posibilidad de que se planteen posiciones reflexionadas que sean el resultado y la expresión de una opinión propia, estructurada y ojalá sustentada. El resultado es la  transmisión  de ondas emocionales, fuertemente contagiosas que terminan por imponer temas, visiones y preocupaciones, sin mayor análisis o discusión.

Frente a esa realidad, surgen preguntas del tenor siguiente: ¿Se es hoy más libre, más informado, más reflexivo o simplemente se está frente a  otra manera de masificar lo que debería ser una comunicación personalizada, cerrándosele el camino a la reflexión que permita asumir  posiciones libres e individuales, como sucedía en el pasado? ¿Podemos decir que se avanza hacia una ciudadanía más responsable, libre y comprometida con la suerte colectiva, o  se trata de  un ligero  barniz de independencia? ¿Finalmente, se está en la simple  exaltación del individuo como tal, sin otro propósito que gritar que existe, donde los selfies serían la prueba visual de esa existencia? Equivocada e infatuadamente se  considera que lo personal tiene un valor, algún interés para los otros quienes,  por lo demás, están en las mismas.

 

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