Por: Rodolfo Arango

La virtud del diálogo

Abandonar la violencia es difícil.

Se dan tropiezos, tumbos. Se transitan callejones sin salida, como en una oscura caverna. La filosofía ha intentado alumbrar la salida. Sócrates con el autoexamen, Descartes con el método, Kant con la conciencia moral. Incluso Marx con la crítica. Un autor me atrae en particular: Habermas. Su propuesta, la acción comunicativa, pretende rescatar la democracia de las ruinas en que acabó sumido el proyecto de la razón ilustrada luego del genocidio judío.

Habermas rechaza la desesperanza, pese al desencanto con la modernidad. El pesimismo es algo demasiado costoso que no podemos darnos el lujo de practicar. Si vivimos en un mundo donde todo yace en fragmentos, donde han perecido los grandes metarelatos, donde ya no es posible defender una idea unitaria del bien ni de la justicia, parecería que estamos condenados al relativismo moral. En estas circunstancias, el poder y la fuerza dominan las relaciones humanas, no el ejercicio autónomo de la razón. Al fatalismo irracional el discípulo de la Escuela de Frankfurt opone una renovada concepción de la acción humana.

Lo que nos une como especie es la capacidad de comunicarnos cooperativamente. Usamos el lenguaje no sólo como instrumento para alcanzar fines. También lo hacemos buscando entendimiento con otros y para expresar estados de ánimo propios. El diálogo nos permite llegar a un entendimiento intersubjetivo sin recurrir a la violencia o la coacción. El telos del lenguaje, cual hilo de Ariadna, nos conduce fuera del laberinto. El entendimiento libre entre sujetos diversos exige además disposiciones y aptitudes especiales que debemos cultivar y cosechar.

Proyectada la acción comunicativa a la democracia, se hacen evidentes algunas condiciones necesarias para conciliar el ejercicio legítimo del poder con las libertades individuales. Esas exigencias tienen que ver con un uso del lenguaje acorde con los principios y reglas del discurso práctico general, a saber: igualdad y libertad de los interlocutores, renuncia a la fuerza para asegurar la persuasión, respeto a la lógica y la evidencia empírica, posibilidad de libre crítica y réplica, reciprocidad, consistencia, coherencia. Una democracia deliberativa califica el debate político. No permite que las mayorías, siempre variables, se impongan sobre las minorías, en especial sobre la más frágil de todas: el individuo.

Un sistema político o jurídico que pretenda legitimidad hoy en día debe asegurar que cualquier persona esté en capacidad de aceptar las decisiones generales adoptadas con el respeto de los principios y reglas de la argumentación práctica. La legitimidad del orden normativo ya no radica en autoridades externas ni en el poder del más fuerte, sino en el respeto de los cauces que nos conducen al entendimiento sin coacción. Recaer en la simple dictadura de las mayorías es denostar de la igual consideración que nos merece todo integrante de la comunidad política.

Largos años de diálogo en La Habana entre enemigos, hoy meros adversarios; intensas negociaciones entre partidarios del Sí y del No para reformular y precisar el acuerdo final de paz; estos son sólo dos ejemplos que muestran el avance de la democracia dialógica en Colombia. El diálogo transforma, desarma, humaniza. Podemos mirar con moderado optimismo el futuro. No todo está perdido en un mundo ajeno a la virtud y carente de una concepción unitaria del bien. Mientras persistamos en el diálogo, demos oportunidades a todos, y tengamos lealtad con las decisiones emanadas de la acción comunicativa, podremos desterrar la violencia y construir una comunidad más justa, digna y solidaria.

 

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