Por: Arlene B. Tickner

Lágrimas olímpicas

Más allá del deleite del deporte y de las medallas ganadas, los Juegos Olímpicos en Río causan ambivalencia.

Cuando se confirmó su selección como sede, hecho que parecía coronar el ascenso internacional brasileño, Lula da Silva llegó a sugerir que constituía un triunfo para toda Suramérica y la oportunidad de convertir a esa ciudad en capital mundial. Difícilmente podía preverse que la economía entraría en recesión, la inflación y el desempleo aumentarían, estallaría el peor escándalo de corrupción de la historia, Dilma Rousseff sufriría un juicio político, la criminalidad crecería, aparecería el virus del Zika y Río entraría en “estado de calamidad pública”. Sin embargo, aun en circunstancias “normales”, es difícil imaginar qué podría justificar semejante gasto de dineros públicos y privados cuando tanto el récord histórico como el análisis experto muestran que, con escasas excepciones, las Olimpiadas no pagan.

Además de la inversión en infraestructura (hoteles, transporte, edificaciones deportivas, entre otros) de difícil reutilización y beneficio colectivo, las posibles ganancias de este megaevento —que reúne unos 11.000 atletas, 205 países, 41 deportes distintos y miles de millones de espectadores presenciales y televisivos—, incluyendo el aumento del empleo, la actividad industrial, el comercio y la inversión extranjera, el turismo y la atención de los medios, suelen ser de corto plazo. Tan es así que muchos países y ciudades del Norte global ya reconocen que, más allá de satisfacer el ego nacional y lograr una figuración pasajera, ser anfitrión de los Juegos Olímpicos es un dolor de cabeza. Empero, en lo que va del siglo XXI, la negativa estatal y ciudadana en dichas partes del mundo contrasta con la explosión de candidaturas provenientes del Sur y de la ex esfera soviética.

Al lado de los costos económicos aparentemente injustificables, la disonancia entre las narrativas heroicas de la competencia deportiva y las realidades vividas de muchos habitantes de Río de Janeiro resulta incómoda. En el lado oculto de la histórica selfi de las dos gimnastas de Corea del Sur y del Norte o del valiente equipo de 10 refugiados que paró al estadio de Maracaná durante la ceremonia inaugural figuran las 77.000 personas desplazadas a causa de las obras de las Olimpiadas, la censura que se ha ejercido sobre la protesta social y la brutalidad policial contra quienes puedan “avergonzar” al país mientras esté en la mira del mundo entero.

El problema no sólo es que la falta de preparación y el mal estado de algunas de las instalaciones y escenarios deportivos —incluyendo la tóxica bahía de Guanabara—, la aparición de alguna amenaza de seguridad y la difícil coyuntura política brasileña generen momentos embarazosos. Peor que eso, Brasil ha invertido entre 12.000 y 20.000 millones de dólares en medio de una crisis nacional, a cambio de una promesa infundada de dividendos materiales, publicidad y reconocimiento. Así, aunque los Juegos salgan bien, los cariocas estarán derramando lágrimas olímpicas durante rato.

 

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