"El joropo es la altanería del llanero": Cholo Valderrama

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Por: Sergio Otálora Montenegro

Lápida (sin epígrafe) a la cultura de la violencia

MIAMI.-Dijeron que había sido un combate sin cuartel entre varios destacamentos del ejército y la policía y un solo hombre parapetado en un casalote en el barrio 20 de Julio, al sur de Bogotá.

La vivienda del hombre más buscado del país había quedado destruida por el impacto de los cañonazos y en los escombros había manchas de sangre fresca.

Al otro día de ese hecho transmitido por la radio a todo el país, hubo romería de curiosos para ver cómo había caído una leyenda del crimen: Efraín González, alias Sietecolores. Mi padre, que era de una curiosidad infinita, y que había seguido, como muchos, la historia de persecución a ese bandolero, que para unos era un asesino sin atenuantes y para otros un líder político en ciernes, nos llevó a mis hermanos y a mí al sitio donde había caído el facineroso. Era el año 1965, yo era un niño de 5 años, y la primera imagen que tengo de la violencia es esa: unos ladrillos arrumados, como las ruinas de un terremoto, varios de ellos teñidos con la sangre tal vez del fugitivo liquidado o de los hombres que lo combatieron hasta el último momento.

Muchos años después, ya como adulto, supe que el gobierno de la época, el de Guillermo León Valencia, había declarado, con la “dada de baja” de González,  el triunfo de la democracia y el fin de la pesadilla del bandolerismo. Pero con la muerte del último bandido de esa generación tenebrosa de chispas, desquites y sangrenegras, (sólo para mencionar a las leyendas), no llegaba la paz, sino todo lo contrario: ya estaban en pie de lucha los ejércitos campesinos, mal armados pero no vencidos, de Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo; las fuerzas del EPL, guerrilla maoísta, y los combatientes del ELN, grupo subversivo inspirado en la revolución cubana y en el catecismo naciente de la teología de la liberación.

Tengo la enorme suerte de afirmar que ninguno de mis familiares más cercanos murió en lo que sería las sucesivas olas de violencias sobrepuestas de las esmeraldas, el narcotráfico, la delincuencia común, los paramilitares y, por supuesto, la guerrilla. Pero vivo con mi familia en Estados Unidos en razón del conflicto armado, por las amenazas que en su momento, hace ya dieciséis años,  recibí de las hoy llamadas “bacrim”.

Pude evitar una tragedia, pero muchas personas que conocí, con las que pude hablar, no tuvieron esa misma suerte. Recuerdo la transparencia del magistrado auxiliar Carlos Urán; la honestidad y el humanismo de Manuel Cepeda Vargas; el idealismo sin límites de Elsa Alvarado; la militancia por la paz de José Antequera;  los miles de proyectos de futuro de Silvia Duzán; el espíritu indomable de Jaime Garzón; la fe en la democracia y en la movilización colectiva de dirigentes de movimientos cívicos de varias regiones del país (recuerdo que había del oriente antioqueño, del Cauca, de la región de Urabá, de Córdoba, del Magdalena Medio) que conocí en una reunión en 1986, y quienes en su totalidad fueron asesinados por la guerra sucia que se desató desde ese año y que arrasó, por ejemplo,  con la Unión Patriótica.

Y, por supuesto, guardo un recuerdo imborrable de Guillermo Cano. Con seguridad que esta gran noticia de la paz con las Farc, el final de la guerra con una organización armada que marcó a fondo nuestra historia, lo habría llenado de felicidad, por sus convicciones sobre el diálogo, la convivencia democrática y la defensa del estado de derecho.

Todos, de una manera u otra, en tantos años de dolor, conocemos, por un amigo, un conocido, por un testimonio,  una tragedia producida por la degradación del conflicto armado, el terrorismo del narcotráfico, las masacres y asesinatos selectivos del paramilitarismo o las violaciones de derechos humanos de agentes del estado.  Las familias de los soldados que murieron en una emboscada o en un combate conocen de primera mano lo que significa perder a un ser querido. La rabia, la indignación y el profundo trauma que genera ese hecho.

Hay por lo tanto mucho resentimiento y juramentos de que nunca podrá haber perdón para quienes atentaron de manera cruel contra la vida preciosa de miles, de millones de colombianos. Pero he tenido siempre la sensación de que a pesar de las heridas, en las zonas urbanas y rurales más afectadas por la violencia, hay enorme regocijo cuando han llegado las oleadas de paz. Sólo recuerdo la euforia del día, en 1984, en que hubo tregua bilateral con las FARC. O el momento, ese mismo año,  en que guerrilleros del M-19, de civil, lanzaron arengas en las gradas del capitolio, en plena plaza de Bolívar. La paz era un sueño y, durante más de tres décadas, no fue más sino una paloma desteñida pintada en la pared por una sucesión incontable de ilusos que no alcanzaron a ver la luz después de un largo, casi infinito, túnel de infamias.

Pero este año, en La Habana, hubo una sucesión de buenas nuevas que culminaron este 24 de agosto con el fin de las negociaciones con las FARC. Fueron cuatro años intensos, con un acumulado de tres décadas de aciertos y fracasos, y en el medio una maquinaria de guerra demencial que no daba tregua.

Y ahora viene un plebiscito. Y lo más increíble es que, a pesar de haber llegado a un acuerdo con una de las guerrillas más antiguas del mundo, y tener ya como realidad la posibilidad del ingreso de esos ejércitos a la vida civil, hay un sector de la sociedad que apuesta por la venganza, el castigo ciego y el resentimiento como una forma de individualismo cerrero. Mi dolor, mis prejuicios, mis demonios,  están por encima de cualquier anhelo colectivo de paz, parece ser la consigna de quienes están convencidos de que el NO es la salvación.

Los pueblos pueden cometer locuras atroces. No es más sino mirar hacia el abismo del nacional socialismo y el ascenso de Hitler. Pero tengo la fe, casi la certeza, de que ese no es el caso de Colombia. Sé que llegará el momento en que la reconciliación, el perdón, se impondrán a medida que se conozcan y, sobre todo, se experimenten los beneficios inmensos del silencio de los fusiles. La paz llega en un momento muy difícil para la economía y hay serias amenazas. Pero el SI a este acuerdo histórico será el primer paso para empezar a desmontar eso que nos identificó durante tantas generaciones: la cultura de la violencia, una narración interminable y macabra de muertes prematuras. 

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