Por: Santiago Villa

Larga muerte de un cementerio

Uno de los cementerios más importantes en la historia de Colombia se halla en estado de abandono.

Hay especies animales que pueden usar herramientas y los delfines incluso se reconocen en un espejo. Muchas se comunican con algún tipo de lenguaje y están organizadas en complejos sistemas sociales. La especie humana es la única que se deshace de los cadáveres de sus semejantes con ritos funerarios. Estos son, junto con el arte, el indicador más primitivo del origen de la cultura. Exceptuando al réquiem y la elegía, el cementerio es el único ámbito en el que confluyen las dos atávicas costumbres que nos definen como especie: allí la muerte es el germen de la belleza.

Por eso hay ciudades donde los cementerios atraen incontables visitas de personas que no necesariamente van para honrar a sus allegados. El Père Lachaise de París, el más famoso del mundo, es paso obligado para cualquier turista que visite la ciudad. El Xoxocotlán de Oaxaca es una fiesta musical cada Día de Muertos -el año pasado incluso encontré allí a un grupo de turistas chinas-. Y el de La Recoleta es una joya arquitectónica que Buenos Aires exhibe desde 1822.

Ese mismo año, en 1822, se puso la primera piedra del Cementerio Santa Cruz de Manga, en Cartagena. Pero el desarrollo de ambos, La Recoleta y Manga, no pudo ser más dispar. Mientras el de La Recoleta es un ícono, el de Manga es un muladar. Su degeneración comenzó mediados de siglo XX, poco después de que fuera enterrado allí el poeta Luis Carlos López, cuya tumba se sumó a la de personajes como Rafael Núñez y Juan José Nieto, el primer presidente negro de Colombia, a quien dediqué mi columna de la semana pasada.

El de Manga lucía, como el de La Recoleta, un estilo del siglo XIX, que fue cuando los cementerios llegaron a la cúspide de belleza gracias a los mausoleos y esculturas de mármol y granito. Esto antes de que el rito funerario fuese despojado de arte a causa del afán impaciente de nuestros tiempos por huir de la muerte, reducir su dimensión social y estética, domarla con una etapa privada de duelo que se debe superar más pronto que tarde, someterla a una cremación expedita y a una cripta discreta que, para las empresas que facilitan los ritos funerarios contemporáneos, es un negocio que opera como una línea de ensamblaje.

Pero no son estos problemas filosóficos los responsables del deplorable estado del Cementerio de Manga, sino un asunto mucho más mundano, y al menos en Colombia, más grave: la desidia de las instituciones públicas y de sus gobernantes.

Al tiempo que el mármol y granito del Cementerio de Manga fue saqueado por ladrones, una vegetación abandonada a su libre albedrío se pobló de ratas y el hedor de sus charcos motivó quejas recurrentes de los vecinos, una propuesta para presentar al Ministerio de Cultura la solicitud de restauración ha dormido, como los habitantes del cementerio, el sueño de los justos.

Hablé el domingo con Luisa Álvarez, arquitecta experta en el Cementerio de Manga, que lo ha estudiado desde 1989 y ha insistido en la necesidad de recuperar este espacio. Aunque hubo obras de mantenimiento en 1992 y en el 2006, nunca se ha hecho una restauración.

¿Por qué?

"No se ha aplicado la metodología que exige el Ministerio de Cultura para que éste dé el visto bueno y se puedan iniciar los primeros estudios para la restauración del cementerio", dijo Álvarez. "Hay que llenar una serie de documentaciones porque es un proyecto patrimonial y debe ingresarse a la base de datos del Ministerio de Cultura".

Es decir, el problema ni siquiera es falta de plata. Simplemente no se han llenado de forma correcta unos formularios.

El Cementerio Santa Cruz de Manga podría ser uno de los grandes atractivos turísticos de Cartagena, pero el interés de las instituciones parece quedarse en palabras, o en intentos a medias.

"Siempre ha habido una buena disposición para la restauración", aclaró Álvarez, "pero como no se hace bien el proceso, pues se devuelve el dinero".

Las riquezas naturales de Colombia son muy amplias, pero la calidad estética de sus ciudades es baja. Que ni siquiera se restaure un cementerio que habría podido ser el más bello del país dice mucho de la poca seriedad con que este país se toma su legado e identidad cultural.


Twitter: @santiagovillach

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