Por: Catalina Uribe

Las cartillas de educación sexual y la voluntad de agresión

En su reciente visita a Polonia el papa Francisco exhortó a las autoridades nacionales a que adoptaran ciertas políticas públicas.

Jaroslaw Gowin, el ministro de Educación, respondió al mensaje recordando que las misiones de los líderes espirituales difieren de aquellas de los líderes políticos: mientras el papa se interesa por la salvación de las almas, el servidor público lo hace por la seguridad de los cuerpos. Aunque creo que el ministro se equivoca en varias de sus políticas, comparto enteramente la naturaleza de su argumentación: una cosa es nuestra conciencia y nuestros valores, y otra muy diferente el ámbito de competencia del Estado.

En la reciente polémica sobre los manuales de educación sexual en los colegios podemos ver cómo todavía en Colombia no hemos logrado separar sanamente estas esferas. Más allá de la misoginia, homofobia y terrible matoneo mediático que ha sufrido la ministra de Educación, Gina Parody, lo que este episodio comprueba es que somos un país que no ha aprendido a contenerse.

Quizá sea porque nunca ha tenido que hacerlo. Llevamos siglos acostumbrados a vivir los mismos con los mismos. No sólo somos mayoritariamente católicos, sino que muchas de las demás religiones son cristianas. Nuestra inmigración externa es escasa y, además, en su mayoría proveniente de países que comparten nuestros cánones religiosos y culturales, como Ecuador y Venezuela, o que los asimilaron con facilidad como los libaneses.

Por vivir entre los mismos estamos acostumbrados a que el mundo exterior refleje lo que creemos privadamente, pero los tiempos hacen que esta costumbre ya no pueda sostenerse. Antes incluso de combatir la misoginia y homofobia, hay que empezar con el mínimo básico de aprender a tolerar al vecino. Aguantarse lo que uno no comparte es difícil. Sin embargo, la dificultad no elimina el deber de callarse y mantenerse lejos de la conciencia y de la vida de los otros. Por fuera de la casa, nuestra relación es de ciudadanos y sólo como ciudadanos se puede relacionar con nosotros el Estado. Pero dentro de la casa las cosas cambian, el Estado no puede entrar, pero nuestros valores privados tampoco pueden salir, así sin más.

 

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