Por: Weildler Guerra

Las diversas formas de colombianidad

En una de las principales cadenas radiales de Colombia, un destacado periodista y el gobernador encargado de La Guajira conversaban al aire acerca de las formas en que los guajiros concebían su relación con la nación.

El periodista afirmaba que no lograba entenderlos y que un amigo de Cartagena le había dicho que no pagar impuestos y practicar el contrabando era “normal” entre ese pueblo. “Se consideran más guajiros que colombianos, ellos creen que son aparte, pero son colombianos cuando lo necesitan”, afirmó el funcionario. Finalmente, dejaron entrever que la corrupción estaba anclada en la tradición y la cultura peninsular. Esta conversación, realizada ante millones de ciudadanos, refleja lo ininteligible que siguen siendo esa y otras regiones del país para muchos funcionarios del orden nacional y para los medios de comunicación; también hace evidente una visión elemental y uniforme de colombianidad.

Colombia es una joven república con sólo 206 años de existencia. Ella se erigió sobre regiones geográficas diversas, con peculiares trayectorias históricas, cuyos habitantes, como es el caso del Caribe, participaban en circuitos económicos y culturales extensos. Los funcionarios y cronistas hispanos se refirieron a algunas de estas agrupaciones humanas como auténticas naciones dotadas de territorio, organización social, lengua y leyes propias. Para dar un ejemplo, en 1752 el jefe guajiro Caporinche fue recibido con honores en Curazao por las autoridades holandesas y acordó un tratado comercial entre ambas naciones más la entrega de importante ayuda en armas y pertrechos. En mayo de 1769, varios años antes del alzamiento de los Comuneros, la nación guajira se rebeló contra la corona española en una cruenta y prolongada guerra que terminó con la retirada del ejército español del norte de la península. Ningún texto escolar recoge este documentado evento histórico. No olvidemos tampoco que el Almirante Padilla consolidó la independencia de Colombia y Venezuela.

Cuando los guajiros reclaman sus derechos es porque contribuyen con gran parte del gas que consume el país, la mitad del carbón que exporta, la generación de energía eólica, la recolección de miles de toneladas de sal y recursos pesqueros que extraen las flotas industriales en sus mares ante la mirada famélica de los niños de la península. Además, son ellos quienes reciben los impactos ambientales y sociales de los proyectos mineros y energéticos, los que no se pueden redistribuir equitativamente en toda la galleta. Por supuesto, La Guajira tiene sistemas normativos propios reconocidos como jurisdicciones especiales indígenas por el artículo 246 de la Constitución. Ninguno de ellos establece que no se deben pagar impuestos ni define como permisible la corrupción que tanto daño ha hecho a sus habitantes.

No hay contradicción entre ser guajiro y ser colombiano, pues, como dijera Benedict Anderson, una nación es una comunidad imaginada cuyos miembros “no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”. El país debería reconocer la existencia de formas diversas de concebir y ejercer la colombianidad, pues estigmatizar a los otros debilita los elementos fundamentales de esa comunión.

wilderguerra@gmail.com

 

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