Por: José Manuel Restrepo

Las economías de eslogan

Hace unos días, El Espectador publicó un artículo que no sólo me sorprendió, sino que me generó una ligera envidia de aquello que quisiera tener uno en el país.

La columna era relativamente corta y se titulaba “La ciudad soñada para los emprendedores”. Sin duda uno de los caminos para generar riqueza y empleo en el país, así como para solucionar el drama de la inequidad, es a través de mecanismos que promuevan la iniciativa empresarial. Si lográramos, como lo han hecho otros países y regiones en el mundo como Singapur, Corea del Sur, Australia o Silicon Valley, una dosis de apoyo al emprendimiento, otra seria nuestra historia.

El artículo era la historia de Cyberjaya, una ciudad de Malasia en la que se cree en el riesgo, en la tecnología, en la economía digital y en aprender de los fracasos. Una ciudad de sólo 13 años de existencia, que ha sido capaz de atraer US$2.500 millones que a su vez han generado ingresos para la ciudad superiores a los US$9.000 millones. Sola esa ciudad aporta a su país lo que alguna vez aportó a Colombia la economía petrolera (El 5 % del PIB). Sorprende también que la ciudad no tiene más de 100.000 habitantes, de los cuales el 60 % son estudiantes universitarios o científicos, la mayoría de los cuales son menores de 49 años. Es una ciudad verdaderamente ligada al conocimiento. Me sorprendió también que fueron realmente capaces de crear un ecosistema del emprendimiento que incluye recursos para ciencia, tecnología e innovación; exenciones a empresas que quieran apostarse por el conocimiento; alianzas entre los emprendedores, las universidades y el sector público; apoyos a startups; acceso a tecnología costosa de forma compartida; planificación basada en la innovación; propuestas orientadas el emprendimiento social; financiamiento a ideas de negocio con potencial sin tantas garantías o con garantías de otro tipo; formación de talento humano con pertinencia para el sector empresarial, entre otros asuntos.

Me acordó esto también que en este lado del mundo tenemos discursos más pomposos y complejos de ecosistemas de emprendimiento que, a diferencia del discurso malayo, les cuesta trabajo convertirse en realidad. En los Cyberjayas colombianos decimos que somos innovadores en “eslogans”, titulares de prensa y “tweets” de 140 caracteres, nos ganamos concursos mundiales de innovación y emprendimiento, afirmamos que la política pública “va volando” camino a la creación de empresas de base tecnológica y a la transferencia de tecnología, creemos que la educación, la empresa y el sector público están conectados y, sin embargo, los resultados distan del ideal.

Es posible que los menores recursos expliquen lo anterior, pero también las explicaciones vienen por otros lados. Es imposible lograr esos resultados si la política pública es incoherente o desarticulada, o si no existen mecanismos efectivos de monitoreo, seguimiento y evaluación. Para la muestra algunas pequeñas “perlas”: Tenemos en Bogotá uno de los “mejores aeropuertos de América Latina” que se cierra con frecuencia por problemas de clima y niebla, para no hablar de su menor eficiencia (aun contando con dos pistas). Predicamos la importancia de la economía digital y del apoyo a las nuevas tecnologías que llegan hoy a casi todos los municipios del país, pero bloqueamos la posibilidad de la existencia de Uber; vamos a ser una de las economías más competitivas e innovadoras de América Latina, pero nuestro nivel de bilingüismo todavía es muy pobre; seremos una de las tres naciones más educadas de América Latina y aún en Pisa nos cuesta trabajo solucionar problemas matemáticos simples; predicamos la importancia de las instituciones y de una política pública que dé confianza y seguridad jurídica a los inversionistas, pero las regulaciones de tierras y tributaria o cambian cada dos años o se demoran años en implementarse (para no hablar de las decisiones de la Corte Constitucional).

Francamente nos sobran discursos y titulares, y nos falta consistencia y calidad en la política pública. De razón el Instituto de Empresa de Madrid (una de las mejores escuelas de negocios del mundo) concluye que hoy en Colombia la peor traba al emprendimiento es el exceso de burocracia y una regulación pesada y compleja que hace todo más difícil.

 

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