Por: Ignacio Zuleta

Las llantas

Se me ocurre que fue Bertha Benz, mujer del inventor del primer automóvil a motor y con neumáticos de caucho, Karl Benz, la primera que se vio obligada a pensar en qué hacer con las llantas usadas de los carros.

Casi podría asegurar que fabricó con ellas unas horrendas materas para el antejardín de su bella casita burguesa de Mannheim. Y allí comenzarían la nueva estética de la era industrial y el drama contemporáneo de saber qué hacemos con los 300 millones anuales de cauchos que hoy desecha el mundo.

Las llantas se han convertido en un abrumador problema circular para el planeta. La cantidad de automóviles aumenta de manera suicida cada día y la reutilización y descarte de una llanta, o su reciclaje, no están acabados de inventar. Podríamos implementar las tecnologías limpias para la locomoción, pero, ¿y las llantas?

Algunas soluciones se le han venido dando a estos asuntos, pero ninguna es del todo satisfactoria pues los componentes de las llantas después del inventor del caucho sintético, un Mr. Dunlop, son muy tóxicos. Quemarlos con los métodos de pirolisis o termólisis no arroja aún resultados aceptables y se hace en países ricos a una escala proporcionalmente ridícula al aumento del consumo. Convertir los desechos en pavimento para calles es seguir alimentando al dragón con sus propios excrementos pues por allí rodarán aún más automóviles. Es que la llanta es un círculo, vicioso. Desde luego la única manera de minimizar el daño que ya se ha hecho a la tierra, sería eliminar el automóvil particular o transformarlo y adoptar ya métodos de transporte limpio y masivo que no dependan de los combustibles fósiles o sus peligrosos sustitutos seudo-verdes. La tendencia no se ve por ningún lado pues mientras los políticos firman con la mano derecha los tratados de emisiones —que el pato Donald cancelará mañana mismo de un plumazo para su Great America— con la izquierda salen a vender su carbón y a construir aeropuertos y dobles calzadas para bestias de muchas ruedas —en lugar de trenes— y a estimular de alguna manera el sueño de que no eres nadie si no tienes carro. Business as usual, y demencia colectiva. El reto es mantener la esperanza y cambiar como individuos.

Es tan denso el tópico que prefiero enfrentarlo mejor por su faceta estética de la que hablaba arriba. Personalmente aborrezco los usos de las llantas viejas en la naturaleza. Me parecen la intrusión abusiva de este fallido sistema en el paisaje que subsiste. En Colombia parece haber una fascinación especial que hace que las utilicemos en los parques infantiles, en los batallones del Ejército, en columpios, en demarcación de entradas a la finca y en ofensivos, eternos anillos para árboles y terraplenes no por eficaces menos feos. En Pinterest encontrarás mil usos para ellas, a cuál más antiestético, desde mesas de bar hasta lagartos de jardín, incluyendo muñecos de nieve, materas en todas sus variantes o muros tenebrosos. Sí, hay usos útiles: carteras, chancletas, canastas o marcos de retratos. ¿Pero cuántos artesanos se requieren para transformar 300 millones anuales de llantas desechadas?

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