Por: Columnista invitado

Las mujeres queremos poder caminar tranquilas, no es mucho pedir

La abogada feminista de derechos humanos habla sobre el decreto en Timbío, Cauca, que les pide a los funcionarios públicos no decirles piropos a las mujeres del municipio.

Por Andrea Parra*

Me parece excelente que las Alcaldías usen su poder normativo para materializar sus obligaciones de garantizar la igualdad de género en sus jurisdicciones. Adicionalmente es muy importante que las iniciativas que buscan transformar la cultura machista de la sociedad colombiana incluyan elementos pedagógicos y campañas masivas de educación. Creo que es un error describir el decreto como una "prohibición de los piropos", pues esto genera la idea incorrecta sobre la iniciativa. Es una norma que promueve las relaciones equitativas entre las personas y busca eliminar comportamientos discriminatorios por parte de funcionarios y contratistas de la Alcaldía.

Sin embargo, para que una política pública no sea un saludo a la bandera, se requiere plata, evaluación y dientes. Desafortunadamente, el decreto no tiene ninguno de esos elementos. No hay disposición presupuestal del plan de desarrollo para implementar las campañas, hacer diagnósticos de la situación e implementar herramientas efectivas. No hay evaluación, pues no establece indicadores de impacto de las acciones que decreta y por último no tiene dientes, pues no tiene disposición alguna que diga qué ocurre cuando un funcionario o contratista lo incumple. Por ello, no sé qué tan efectivo pueda ser ni cómo se van a medir los resultados que genere.

Los piropos, entendidos como comentarios sexuales no consentidos ni bienvenidos, son una forma de acoso y una expresión del machismo que caracteriza nuestras sociedades. Son conductas normalizadas y en ese sentido, una costumbre cuyos efectos se minimizan. Afirmar que "hacen parte del ADN" o que son algo "natural" es implicar que no se pueden cambiar y eso es completamente errado. Como toda práctica social, pueden modificarse y eliminarse, especialmente si entendemos los efectos que tienen en quienes constantemente son vistas como objetos sexuales.

La práctica de echar piropos en la calle a desconocidas demuestra que en Colombia está permitido y a veces celebrado tratar a las mujeres como un objeto sexual y que ese comportamiento se minimiza. Yo crecí aprendiendo que cuando me echaran un piropo en la calle era mejor callarse, o que era mejor cruzar la calle si había una construcción. Una vez, cuando tenía como 17 años, iba comiendo helado y un hombre pasó a mi lado, se acercó a mi oído y me dijo "quién fuera helado", aún recuerdo la sensación de asco y disgusto. Me quedé callada y boté el helado.

Otra vez, iba con las manos en el bolsillo y otro hombre se me acercó y me dijo "eso mamita, rásqueselo", si pasaba cerca de una construcción gritaban cosas si iba con el uniforme del colegio, yo por ello usaba la falda lo más larga que pudiera. Estas experiencias repetidas una y otra y otra vez, durante casi todos los días por años y años, hacen que uno siempre esté alerta, que la ciudad no sea de uno, que eduquemos a nuestras niñas para esperar el acoso.

Nunca he conocido una mujer o joven en Colombia que no haya sido acosada en la calle. Pasa cuando hacemos deporte, cuando compramos algo, cuando andamos por la ciudad. Esta situación es mucho peor cuando el comentario viene de un funcionario público o de un profesor o jefe, pues si uno dice o hace algo, puede haber retaliación. Con el tiempo y aprendiendo sobre acoso decidí responder a los hombres que me decían algo y asumía el riesgo de mirarles a la cara y decirles que me lo dijeran mirándome a los ojos, preguntándoles por qué me decían algo así, aunque la gente me decía que eso era más peligroso, que me podían hacer daño. Pero la verdad, quedarme callada sin decir nada me hacía más daño. No es sino ver las historias contadas por miles de mujeres en Twitter en #MiPrimerAcoso para darse cuenta de lo generalizado del problema y lo grave que es. Ojalá leer ese hashtag sea una de las medidas pedagógicas del Decreto.

Las campañas educativas que cuestionan la cultura machista y llaman a la reflexión, en particular de los funcionarios públicos y las autoridades, que deben dar ejemplo a la ciudadanía, siempre son bienvenidas y pueden tener efectos realmente transformadores. Lo importante es cómo se hagan y que no se limiten a una sesión de dos horas con un Power Point. Es muy importante que sea un proceso concienzudo, pues cambiar las prácticas sociales no es tarea fácil, pero es definitivamente posible. Ojalá esta iniciativa no se quede en el papel y los funcionarios y contratistas, para quienes se hizo el decreto, realmente entiendan el efecto que tienen los piropos en los ambientes laborales y en el servicio a la ciudadanía.

Todos los piropos, entendidos como comentarios sexuales no consentidos ni bienvenidos, son acoso, así sean en la calle o en la oficina o en instituciones públicas. Son una forma de objetualización sexual, en la gran mayoría de los casos, de las mujeres. El ejercicio de la sexualidad debe producir placer para todas las partes involucradas y eso sólo ocurre cuando media el consentimiento. Echar un piropo en la calle es un acto unilateral, a quien lo echa no le importa en absoluto lo que siente la persona que lo recibe; si se siente mal o con miedo. Es una afirmación de poder y de masculinidad en donde a quien se le echa el piropo es completamente irrelevante en la interacción. Nadie debería tener que andar por la calle anticipando el acoso. 

Los piropos son más frecuentes hacia las mujeres que hacia los hombres porque en una sociedad machista y patriarcal como la nuestra, las mujeres son propiedad, del marido, del papá, del Estado. Tenemos un legado histórico enorme y profundo de las mujeres vistas como inferiores tanto en las leyes como en las prácticas. Por siglos, la violación era una ofensa contra la propiedad del padre o el esposo, la violación conyugal no existía en Colombia hasta principios de los noventas, todos los días vemos casos de esposos violentos y celosos porque las mujeres "son suyas", lo escuchamos todo el tiempo en las canciones populares. La idea de las mujeres como propiedad sigue estando muy presente en nuestra cultura.

El piropo callejero es una manifestación más de esa visión de las mujeres como cosas de las que se puede disponer al antojo.

*Abogada feminista de derechos humanos, profesora en American University. En Twitter: @andreparrafo

 

 

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