Por: Mauricio Rubio

Las prostitutas de La Mariposa

La violencia de los policías al detener a varias mujeres por ofrecer servicios sexuales en una plaza de San Victorino en Bogotá refleja clasismo e hipocresía.

Mientras ellas consideran que las detuvieron por “ser putas”, los uniformados afirman que fue por su “alto grado de excitación”. Cuesta imaginar semejante operativo –con bofetada de un mujer policía a una de las detenidas- en otros escenarios del sexo pago. Nunca ha habido redadas contra prepagos universitarias que ofecen GFE (girl friend experience) y desde el campus concretan citas por redes sociales o celular. Allí sonaría destemplado el comentario policial tras los abusos en La Mariposa: “¿por qué no educan a esas putas?".

El clasismo permea hasta el lenguaje impuesto por la susceptibilidad activista. El giro correcto “mujer que ejerce la prostitución”, acuñado para evitar términos que conlleven la idea de un oficio permanente, no tiene equivalentes como “dama que practica el escortismo” o “universitaria en situación de prepagada”, a pesar de que su dedicación es más ocasional, y por pocos años.

Hace unos meses, autoridades capitalinas visitaron residencias en la localidad de Santafé. Recordaron la prohibición de “prestar el sevicio por ratos”: fuera de la zona de tolerancia no puede haber prostitución. Esta restricción también atañe únicamente al estrato precario y visible de la actividad, el de la calle. Con negocios de fachada -como saunas, spas o salas de masaje- servicio a domicilio, moteles, hoteles cinco estrellas para extranjeros, se esfuman los controles, a veces se revierten. En Cartagena, un policía acompañó a Dania Londoño a cobrarle sus servicios a un agente secreto gringo; al convertirse en figura mediática, ella aclaró el abismo existente entre una prostituta y una prepago, que “puedes sacar a cenar, que se viste bien, que habla y actúa como una señora”. Además de varias demandas, inspecciones sorpresivas en lugares sofisticados también dejarían pruebas irrefutables de comercio sexual: condones usados y porno en una televisión. Los acuciosos funcionarios que morbosamente supervisan encuentros furtivos deberían saber de un lujoso hotel madrileño con habitaciones por horas para que empresarios y políticos echen una siesta bien acompañados, sin interrupciones, en “camas celestiales”.

Mujeres que se ofrecen en la vía pública son la parcela humilde, humillada, arrinconada y declinante del mercado del sexo, ignorada hasta por “catadores” que prueban “prostis” en burdeles, prepagos -“que citas por teléfono y ves por Twitter o páginas web y te encuentras con ellas en un motel o residencia”- escorts o acompañantes. “Recuerdo uno que me hizo una reseña divina, súper buena gente”, anota satisfecha una catada. El amplio territorio de estos especialistas en “degustar mujeres alquiladas” sobrepasa con creces la zona roja de la ciudad.

Nathalia Guerrero, una reportera más informada e interesada que muchas académicas por entender ese entorno, anota que si se dedicara a la prostitución, Twitter sería “la principal herramienta para vender mi producto… Con poca censura, reduce el contacto con el cliente hasta el momento del encuentro, y aumenta la eficiencia, la clientela y la discreción que encontraría en una esquina, parada con una falda diminuta durante toda la noche”. Le faltó agregar que se ahorraría problemas con policías, a quienes sólo acudiría para una emergencia con algún matón usted-no-sabe-quien-soy-yo o cuando le pongan conejo, como a Dania.

Aunque indispensable, la política de zonificación del amor venal es ardua y polémica. Sobra sumarle discriminación contra las mujeres más desfavorecidas, estigmatizadas, de bajos ingresos, mayores riesgos e hijos a cargo; aquellas que, sin ser menores de edad, les toca lidiar con la industria del rescate: académicas, activistas y ONGs que pretenden redimirlas sin escucharlas, ni reconocerles capacidad de decisión, ni agencia, amenazando con convertir a sus clientes callejeros, y sólo a ellos, en delincuentes.

De prepagos y escorts el feminismo no habla, ni aquí ni en Suecia, donde también las hay. Los segmentos glamurosos, dinámicos y sin intermediarios de la prostitución incomodan porque desafían el dogma de una actividad siempre forzada. Como ocurrió con la droga, es un exabrupto ilegalizar el mercado del sexo, entregándolo a las mafias, en lugar de entenderlo y analizarlo, para regularlo. El combate contra el tráfico de menores o la violencia, por ejemplo, se dificultan con la prohibición y pueden facilitarse si colaboran prostitutas con plenos derechos que los denuncien.

No es viable diagnosticar ni intervenir una actividad silenciando hipócrita y arbitrariamente ciertos segmentos importantes. La opacidad incuba torpeza, irrespeto y abusos, que afectan sobre manera a la población frágil, y nunca surgen en un vacío. Hasta hace unos años, el Código Disciplinario de Policía castigaba los noviazgos de los agentes con prostitutas, un indicio de que son comunes, y un recordatorio de la complejidad del fenómeno.

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