Por: J. William Pearl

Laserna

Nunca imaginé que escribiría unas palabras a causa de la muerte temprana de Juan Mario Laserna; cuando murió Mario Laserna (padre) en Julio de 2013, le dediqué un artículo.

A sus 48 años,  no pensé  que Juan Mario Laserna moriría, es más no imaginé que se iría antes que yo. Así es la vida, es una travesía que no se sabe cuándo termina. El misterio de la muerte es tan grande que  nos lleva a las personas a creer que la vida dura mucho, que mañana se harán las cosas y no es así, la muerte asalta cuando menos se cree.

Conmigo fue una gran persona y si dijera lo contrario faltaría a la verdad. Fue una persona introvertida, el haber sido tan inteligente lo tuvo que haber afectado, pues superaba el promedio de la población. Fue asiduo lector de diversos temas -fuera de la economía-, la historia le gustaba mucho, no solamente la universal, en la colombiana ahondó profundamente.  Cuando me fui a vivir fuera de Bogotá, le pedí el favor de  que se hiciera cargo de Shirley, una perrita salchicha de ciudad, que no duró en el campo más de un día, ya que los otros perros casi la matan a mordiscos. Él la recibió, y recuerdo que la primera vez que fui a visitarla, Shirley creía  que me la pensaba llevar y salió  corriendo a esconderse. En ese momento quedé tranquilo, pues el animal  había encontrado un muy buen amo. Así era Juan Mario, una persona noble, generosa y buena, en todos los aspectos de su vida.

En el plano profesional lo fácil hubiese sido, que siendo el hijo del fundador de los Andes, fuera  decano y luego rector. Él optó por un camino más difícil. Destacarse por sus propios méritos, para lo cual se preparó  bastante. Ocupó cargos públicos,   el último de ellos como Senador, y por último se dedicó al periodismo tanto escrito como en radio. Habiendo sido hijo de Mario Laserna, no  pretendió superarlo, simplemente  escogió labrar su propio camino, lo cual no era fácil, pues las comparaciones generalmente se presentan. Juan Mario, al igual que su padre, también era una persona  fuera de concurso que en su vida luchó por lo que creyó correcto. Muchas veces estuvo del lado opuesto a la mayoría, siempre defendiendo sus convicciones.

Fue un gran hijo, tuvo buenas relaciones con su padre y  tenía con su madre  Liliana Jaramillo una hermosa  relación, se casó con  Christine Balling (estaba separado)  quien  estudio con él en los Estados Unidos y  se  reencontraron en un evento para conmemorar la graduación. Recuerdo que cuando ella llegó a Bogotá, él le consiguió un arpa, instrumento que ella sabía tocar muy bien, no sé dónde la consiguió, pero dice mucho de su manera de ser, ya que se las arregló para que estuviera feliz. Lamentablemente no tuvo hijos que continuaran con su familia, quería tenerlos pero decía que ya era un poco tarde.

Al irse  temprano en la vida, me puse a pensar que ya nos aproximábamos a  los cincuenta y aunque se espera que la vida siga más años, nunca se sabe cuándo se acabará, es como una  gran aventura sin  fecha de vencimiento.  Muchas veces al ocurrir algo como lo de Juan Mario, tendemos a pensar que es una injusticia, pero así es la vida, esas son las reglas del juego y Juan Mario vivió muy bien, dejando un legado de independencia  que  pocas personas dejan.

 

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