En vivo: La justicia transicional a dos años del Acuerdo con las Farc

hace 57 mins
Por: Valentina Coccia

Lectores de un diciembre (Cuentos)

El diciembre bogotano es usualmente ajetreado y fogoso. Entre las colas infinitas de los almacenes de los centros comerciales, las filas para comprar buñuelos en Pan Pa Ya y las billeteras que se abren generosas para comprar cajas enteras de renombrados vinos, vemos, sin embargo, los gestos ocultos de un silencioso lector.

En la barra del Oma de Unicentro, el que queda en el Éxito del centro comercial, se sienta una jovencita. La chica espera a que su madre termine las compras navideñas. Está algo cansada. Pide un capuccino endulzado con caramelo, y va revolviéndolo con el mezclador hasta que los jugos espesos del pesado líquido se hunden poco a poco en las burbujas de la espuma de la leche, que ya tibia, moja los labios de nuestra ávida jovencita. Durante un rato observa los compradores que van y vienen del supermercado: un anciano que trata de sacar su billetera mientras sostiene su bastón, una mujer recién operada que ostenta su voluptuoso trasero con un par de jeans ajustados. Todo esto la aburre y saca de su bolso un libro que pone sobre la mesa. Enmarca sus ojitos desapercibidos con unos anteojos grandes, agarra el libro por la mitad como le enseñó su maestra del colegio y se pone a leer. De repente todo se aquieta. Lee “La mujer justa”, de Sándor Márai. La chica a veces pensaba que la historia era superficial: que no era más que un chisme de gentes ricas. Pero su fascinación llegó cuando la voz pasó a ser la de la empleada doméstica: ese personaje tan sorprendente  que se alía con el lector al banalizar ese amor aburguesado y al mostrar que la vida de los ricos era sorprendentemente ridícula; tratando de llenar su ocio de ocupaciones tontas, y haciendo de los pasatiempos sus necesidades imperiosas. La chica levantó la mirada, algo perpleja, como si las cosas hubieran cambiado de repente. Los compradores no dejaban de pasar de un lado a otro, arrebatados con sus bolsas de regalo. De repente su madre apareció entre la muchedumbre cargada de paquetes, saludando con la mano y sonriendo acaloradamente mientras su peinado encopetado se deshacía con las gotas de su agitación. La jovencita imaginó que ahora su madre pensaba en si poner los moños rojos o los moños dorados en el árbol de navidad. Se veía angustiada, y la chica entendió algo de su madre que no había comprendido hasta entonces.

 

***

Había ya pasado el 25 de diciembre. Era un aburrido 27, sin jolgorio, sin celebración alguna, sin reuniones familiares, sin Alina, esa jovencita de 20 años, la hija de su amigo Juan, la que le encantaba sin remedio. El río Sumapaz pasaba cerca de la finca de Girardot. La vegetación espesa parecía dormir, amodorrada por el intenso calor, aburrida del aire cargado de capas y capas de atmósfera. El murmurar del río aquietaba el paisaje: ponía  a las plantas a meditar, a escuchar los pájaros exóticos y a respirar profunda en una exhalación conjunta. Víctor miraba todo esto. El agua de la piscina se movía ondulante, con la cadencia de un camaleón al acecho, y ese sol muerto, de las tres de la tarde, acaloraba su piel, exhumaba de su cuerpo pequeñas gotitas de sudor que se aposentaban en toda su superficie como tomando el sol. Su exesposa le había dejado la finca para el fin de semana, con tal de que no se llevara a los niños por esos días festivos. Su soledad, aparte de las sonrisas de la bella Alina, que a veces le hacían pensar en algo más allá que su perversión, era crepitante y resignada.

Jaime, su hijo, sabiendo de su afición a la lectura, le había regalado para navidad ese nuevo libro de Almudena Grandes, esa estruendosa novedad que ocupaba las primeras filas de los estantes de las librerías. “Los besos en el pan” le parecía divertido, fácil de leer, pero no entendía la alegoría de esos españoles de los años 60 besando el pan que se caía al piso, comparado con la crisis económica de España en la actualidad. Retomó la lectura justo en el pasaje en el que Jaime, el personaje que se llamaba como su hijo, conoció a una joven en un bar. Le simpatizaba el personaje. Era solitario como él. Desde que Adriana, su ex, se había ido de su vida hace 7 años, no había vuelto a reconocer las miradas del amor en el aspaviento de la carne. El capítulo le pareció conmovedor: el joven conoció de la nada a la chica. A la mañana siguiente ella le cocinó unos hermosos pastelitos con una deliciosa malteada de chocolate, y Jaime entonces supo que estaba irremediablemente enamorado. Durante ese tipo de lecturas, Víctor se alegraba genuinamente por los personajes. Después de haber leído el capítulo, agarró el libro a su regazo, y sonriendo empáticamente por las alegrías de Jaime observaba ahora la piscina que parecía briosa y contenta.

De repente, desde el pequeño tope que separaba su finca de la de Juan, vio una mano levantarse, y la figura de Alina que se esforzaba por subir la pequeña montañita. Era sonriente, bella, y la pequeña brisa que corría por su falda le levantaba livianamente el vestido, dejando ver su traje de baño floreado. “Tío Víctor, ¿hacemos jugo de naranja? Compré galletas en el minimarket. Son de limón. Ojalá te gusten”. Y vio esos destellos de sonrisa, esos agujeros pequeñitos que se acercaban a su cara para poder abrazarlo y darle un beso de buenas tardes.

***

Ya era el 18 de diciembre y Amalia estaba harta. Salió por la entrada de artistas del teatro Jorge Eliécer Gaitán, descargó su bandoneón en el piso y ajustándose los largos flecos de su túnica negra, buscó en su bolsillo derecho su paquete de cigarrillos. “Pielroja”, leyó en la tapa. El tabaco se acumulaba en los pedacitos de la envoltura de plástico. Los cigarrillos estaban bien puestecitos y guardados con la lámina de aluminio, que como el papelito de los turrones de chocolate, estaba bien estirado y con pocas arrugas. Se puso el pitillo en la boca, y sintiendo la textura frígida del papel, deseó aún más encender su cigarrillo. El fuego del mechero reventó las partículas del tabaco, y el cigarro, ya prendido, jugaba flamante con los labios de Amalia. El fuego que consumía el papel era una luminaria más sobre la calle, el humo que pasaba por la garganta era como purgar el interior de una fría caverna y el nubarrón que salía ventoso de la boca era como una tibia neblina de invierno. Botó su cigarrillo al piso. Lo aplastó con el mismo placer que lo encendió, y mientras olía el ácido perfume de su mano, observó la calle virulenta, que a las 10 de la noche aún estaba invadida por hordas de personas, que solas y acompañadas, oían en silencio los almidonados ruidos de la ciudad.

Amalia pensó que a esas horas aún podía ir a tomar el SITP y llegar a su desvencijado y solitario apartamento de la Macarena. Se iría sola. Rodrigo, que había prometido acompañarla a la función, no vino. De seguro se había quedado escribiendo su mala novela, o se había quedado dormido leyendo algún buen libro en su enorme sillón. Rodrigo era desleal e inconstante. No la quería ni siquiera de forma malsana, pero le despertaba inmensos deseos de ninfómana, y vertía libros dentro de su boca como si fueran torrentes delirantes de licor.

Amalia levantó la mano helada por el viento, y el SITP que subía por la 5ta con calle 22 paró frente a ella. Cuando se sentó en el bus, lleno de una luz amarillenta como la de los hospitales, y vacío de pasajeros, Amalia sacó su copia de “Jane Eyre”, de Charlotte Brontë. La había comprado en una librería de segunda en la 8va cuando salía de ensayo en el teatro. La dedicatoria estaba dirigida “A Lucía, de papá con amor”. Jane acababa de enterarse de la traición de Mr. Rochester y sola, con una humilde maleta salía de la casa a la madrugada. Llegando a Withcross la heroína pasa hambre, desolación y dolor, pero al final encuentra a John Rivers, que la acoge y le ayuda a restablecer su independencia. Llegando a la parada asignada, Amalia se asusta. Debe guardar el libro de golpe para alcanzarse a bajar. Camina unas dos cuadras tratando de organizar sus pertenencias que quedaron desordenadas por la bajada súbita, y siente el peso recalcitrante de su instrumento. Cuando abre su puerta y prende la luz, echa una mirada a las pocas cosas que tiene: su pequeña biblioteca, el sofá con una pata dañada, el televisor de segunda mano y la cama destendida desde la mañana. Se siente de repente más feliz. Deja el fueye y la maleta en el piso y se mete entre las cobijas. Ese nicho calientito de repente le habla del perfume de su amor propio.

***

Escribí estos cuentos para comenzar el período de vacaciones, pero sobretodo, para recordarles a todos que si tienen tiempo, deberían comprar un libro para esta navidad. Aquí tienen tres recomendaciones. Estoy segura de que hay un libro para cada vida, para cada soledad que va apiñada en las muchedumbres de los buses. Lean: tal vez no haya que esperar hasta el día de los Reyes Magos para alcanzar una epifanía.

@valentinacocci4 

valentinacoccia.elespectador@gmail.com

 

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