Por: Arturo Charria

Lecturas Pendientes

Jorge y Diana, que tienen tantas lecturas pendientes.

Augusto Pinilla, profesor de literatura, solía repetirnos “a la universidad ustedes no vienen a leer todos los libros, sino a armar la bibliografía necesaria para el resto de sus vidas”.

Esa frase me ha acompañado en el vértigo de las librerías, en la compra injustificada de libros que no leeré, al menos en el futuro inmediato. Esto último me lo digo para atenuar la culpa de acumular otra lectura que, durante los primeros meses, estará deambulando entre los baños, las mesas y los cuartos de la casa.

Y, sin embargo, sigo entrando a las librerías: al regreso del trabajo, a la hora del almuerzo o cuando voy a cumplir una cita. Miro el reloj: voy temprano, es posible que me aburra durante la espera; porque en Bogotá siempre hay que esperar.

Mientras camino, comienzo a pensar en ese libro del que me habló un amigo o del que leí en una reseña o del que se hablaba en otro libro; porque los buenos libros son como las muñecas rusas: siempre contienen otras lecturas en su interior. Borges diría que al entrar en un libro, estamos entrando en todos.

En los pasillos de las librerías soy un hombre feliz. Camino ojeando portadas o títulos ingeniosos, tomo un libro y leo la primera frase: “Dicen los viejos que hubo un tiempo en que las cosas andaban bien en O’Connor, aunque les cuesta mucho ponerle fecha a esa época de abundancia”. Sostengo esas primeras palabras en el borde de la lengua, pienso si me recuerda otro inicio. Doy unos pasos con esa posible lectura en la mano -como un niño que necesita la seguridad de otra mano para cruzar la calle- hasta que otra portada, otro título o un nuevo recuerdo me hace tomar otro libro de los estantes.

En el mejor de los casos salgo con un libro que quizá leeré en los próximos meses, porque siempre hay una lectura en curso y otras pendientes, más las que llegan de urgencia. Sin embargo, son más los libros que compro sabiendo que no leeré en los próximos años, hasta que llega el día en que ordenando la biblioteca ocurre el reencuentro, entonces lo dejo de lado, junto a otros libros que quisiera releer, otros que tengo por terminar y, sobre todo, lecturas pendientes de siempre.

Roberto Bolaño, en una de sus últimas entrevistas, decía que entre las pocas salidas que hacía de su casa, solía ir a buscar un libro que faltaba en su biblioteca. El escritor chileno, en los descansos que le permitía su frenética obra y la proximidad de la muerte, pensaba en los libros que tenía pendientes, ya no para leer, sino para sentirlos cerca.

Quizá en eso consisten las lecturas pendientes, en sentir una secreta complicidad con libros y autores que consideramos serán determinantes en algún momento de nuestra vida, o quizá, de manera más simple, en el placer de sentir la grandeza del pensamiento cerca, al alcance de la mano.

 

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