Por: Antieditorial

¿Libertad de expresión?

Negar la historicidad del "machismo" es un despropósito.

Por Julio Monterroza

Es obvia la existencia, ojeando la historia hasta hoy, de estructuras sociales que concentran diferenciales de poder en grupos masculinos y que han determinado la manera en que las personas reglan su conducta, consciente e inconscientemente, pero siempre socialmente (es decir, sin culpables). Aquí solo quiero rebatir el piso de la argumentación del editorial publicado en El Espectador, titulado “La libertad de expresión como máscara”: la respuesta negativa a la pregunta “¿es ético discriminar?”

Ignoremos el hecho de que esto supone una pregunta por quién es el discriminado: ese “¡no!” no ofrece al lector ninguna argumentación. Pero sospecho que repite una argumentación que he escuchado en varias bocas y leído de varias plumas: una argumentación por la cual causar sufrimiento no es ético; esto deja en el tintero una contradicción. En un aparato ético (el liberal) en el cual el ejercicio de la libertad de expresión, sin más responsabilidades que las objetivamente identificables (como la calumnia), es completamente permitido por no transgredir los límites de la ética, lo que es igual a decir que se mantiene del lado ético frente al no-ético, se responde rotundamente a la pregunta arriba citada con un “¡no!”. Esta discusión, pues, no puede darse al interior del aparato liberal, dada la contradicción obvia en que desde una misma doctrina (pues eso es) pueda decirse que una conducta es al mismo tiempo ética (estando dentro de los límites del aparato ético) y no-ética.

¿De dónde sale, pues, esta contradicción? Aquí tenemos un enfrentamiento de principios que trataré de verbalizar: por un lado, un aparato ético que parte del principio A: “toda persona es en sus actos, comunicaciones y pensamientos completamente autónoma frente al resto de personas, mientras no afecte directamente, objetivamente (digamos, materialmente) a otras”; y, por otro, un aparato ético que parte del principio B: “el sufrimiento, aunque sea subjetivo (por ejemplo, la humillación de una ofensa), constituye el límite no solo a las acciones, sino también a las comunicaciones y pensamientos de todas las personas”.

A y B provocan simpatías. Yo, por ejemplo, no quiero límites sobre lo que escribo, pero tampoco quiero que se me cause algún sufrimiento, por “subjetivo” que sea. Y hay, en efecto, algo de A en B y viceversa. Pero la contradicción subsiste. Dicha contradicción proviene de la imposibilidad de derivar A o B objetivamente de condiciones reales, naturales, por decirlo de algún modo: ni A ni B se descubrieron en laboratorios, o en el análisis de alguna onda. A y B son construcciones de grupos sociales distintos en distintas posiciones sociales históricas, digámoslo ahora, de poder, y en pugna. A y B van dirigidos a reglar la conducta del otro grupo para, así, permitir al emisor más autonomía. A y B, por éticos que se antojen, son simplemente expresiones verbales de voluntades que buscan igualmente imponerse.

No hay buenos, ni malos, en esta historia Sanín-Chompos. Solo humanos y el espejismo tramposo de creerse los buenos. 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Antieditorial

Para escalar un conflicto se necesitan dos

Inmediatez

No normalicemos recibir plata en Colombia

Todo para analizar en la elección brasileña

¡Juepucha, juepucha! ¡La lucha sin capucha!