Por: César Ferrari

Libre comercio: algunas verdades

Las críticas al libre comercio y a los tratados respectivos siguen de moda. Para algunos, incluyendo el Sr. Trump, son la causa de todos los males de la industria y por consiguiente la pérdida de empleo industrial. Para otros, es la manera de hacer competitiva la industria manufacturera y elevar su productividad.

La verdad es mucho más compleja. El desempleo actual en Estados Unidos está en sus niveles históricos más bajos: mientras los empleos en los sectores manufactureros se están reduciendo, los empleos en otros sectores de mucha mayor productividad están aumentando: están pasando de fabricar automóviles a crear tecnologías de punta, aunque la fabricación en serie de los bienes derivados se haga en Asia.

En América Latina la industria manufacturera ha venido reduciéndose sistemáticamente desde de la apertura de sus mercados al comercio internacional en los años noventa. En su lugar ha emergido como sector dominante la producción y exportación de materias primas que genera poco empleo y concentra ingreso.   

¿Por qué allá los sectores de mediana productividad son sustituidos por otros de alta productividad? ¿Por qué aquí la sustitución operó hacia las materias primas?

Probablemente una razón importante es que allá los inversionistas están dispuestos a correr riesgos en cuestiones nuevas, mientras que aquí prefieren “vivir cómodamente” usufructuando rentas en mercados poco competidos; allá esos mercados son escasos, aquí son numerosos. 

Es también claro que allá cuentan con un entorno que favorece la inventiva: el Sr. Gillete pudo inventar la hoja de afeitar porque en esos años ya se producían aceros planos en Estados Unidos. Mejor dicho, no hubiera sido posible desarrollarla en América Latina.

Pero la tal vez la explicación más importante tiene que ver con la competitividad de la actividad productiva. La competitividad va más allá de la productividad en el uso de factores e insumos: lo que cada trabajador produce o las camisas que se pueden hacer con un metro de tela. Se puede tener una alta productividad y quedarse fuera del mercado; como la que tenían los holandeses en la fabricación de lácteos, que no impidió que franceses e italianos, más competitivos, los desplazaran.

Ese comportamiento se conoce como la enfermedad holandesa: un sector de alta productividad es desplazado porque la producción y exportación de un recurso natural (petróleo y gas del Mar del Norte en el caso holandés) ocasiona un exceso de divisas que induce una revaluación cambiaria persistente que le hace perder competitividad. Ese exceso de divisas puede ser también producido por el endeudamiento externo de las empresas inducido por tasas de interés locales muy elevadas respecto a las internacionales.       

No es solo una cuestión de libre comercio ni aranceles. Los resultados en la economía y en la sociedad no pueden juzgarse observando solo un instrumento, ni al margen del contexto institucional y productivo. 

El arancel puede ser muy bajo, que es lo que se logra con el TLC, pero si la tasa de cambio es muy elevada, el nivel de protección podría ser igual al que tendría si el arancel es muy alto y la tasa de cambio muy reducida… solo que esta última alternativa no es aceptable internacionalmente, por lo menos ahora.

Mejor dicho, se trata de aplicar políticas regulatorias y monetarias adecuadas para lograr mercados competidos, tasas de cambio y de interés competitivas, y un contexto que irá desarrollándose progresivamente. Como hicieron chinos, coreanos y japoneses: comenzaron con baratijas, ahora producen bienes y servicios de alta tecnología.  

Profesor, Pontificia Universidad Javeriana

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