Por: Nicolás Rodríguez

Líderes sociales con comillas

Ya había tratado con las palabras vandalismo y barbarie, sin ningún éxito. Necesitaba una más pegajosa, fácil de pronunciar, que no presentara equívocos. Como Kodak, pensó. También quería que se convirtiera en una afrenta moral. Algo por lo que ningún país querría ser recordado.

Había estudiado de cerca lo que les hicieron los turcos a los armenios y ahora el fenómeno se repetía con el pueblo judío, al que pertenecía. La historia de cómo Rafael Lemkin acuñó el término “genocidio” a partir de las palabras geno (raza o tribu en griego) y cidio (que apela a matar en latín) es un ejemplo de lo difícil que es darle sentido a una injusticia.

A Lemkin no le creyeron. En Estados Unidos, la información sobre los campos de concentración no era nueva, pero nadie podía imaginar el tamaño de la afrenta. Hasta la Cruz Roja se negó a difundir información vital alegando neutralidad. Y hubo algunos que exigieron imágenes (ver para creer), cuando las fotografías de sobrevivientes no eran conocidas.

El genocidio se dio y la palabra que lo describe fue legitimada después. Aunque ya era tarde, Lemkin logró que el término fuese incluido en la Convención para la Prevención del Genocidio. Para la Unión Patriótica en Colombia, que no era una raza o una familia, pero entra en la definición por compartir la idea del exterminio, tampoco fue suficiente.

Esta semana, la de la firma de la paz, el Centro de Memoria Histórica dio a conocer la cifra de 60.000 personas desaparecidas. Durante décadas, la desaparición forzada fue tratada penalmente como un secuestro (o sea, negada), por ser más que nada un crimen mayoritariamente cometido por el Estado o sus colaboradores en la ilegalidad.

Llegamos tarde. De nuevo.

Ahora el turno es para las personas asesinadas selectivamente por sus labores en el posconflicto. Muchos no les creen. Otros, desde el Centro Democrático, utilizan comillas para describirlos (“líderes sociales” ha tuiteado la señora Cabal).

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