Por: Nicolás Rodríguez

Líneas rojas

De todas las ideas que aportaron los voceros del No para renegociar el acuerdo de paz con las Farc una en particular no pasó la prueba: la elegibilidad política sigue siendo una posibilidad real del posconflicto.

Para las Farc, que cedieron en mucho más de lo que sus opositores quieren aceptar, esa es su línea roja más gruesa. Para el Centro Democrático, que ya aceptó que lo modificado es insuficiente, esa misma elegibilidad no se puede negociar. Las líneas rojas se cruzan y no es fácil distinguir lo que está en juego.

Para Uribe (que dicta el trazado de las líneas rojas) la negociación con la guerrilla debe hacerse desde la lógica antisubversiva que se practica desde que empezaron los bombardeos de las mal llamadas repúblicas independientes de principios de los 60.

El expresidente ha nutrido su doctrina hacia la guerrilla con todos los marcadores que le ha sido posible colorear: terroristas, narcoterroristas, alineados con el eje del mal tras el 11 de septiembre gringo, etc. Ya hay, por supuesto, coqueteos hacia Trump y lo que su futura posición hacia Colombia pueda agregar. En este imaginario político las Farc, con o sin armas (y sobre todo sin armas, como la UP, que se habría autoeliminado) deben desaparecer.

Hacer política no equivale en el caso de las Farc a ser elegidos (si quieren premiados) automáticamente en alguna de las diez curules (cinco en Senado y cinco en Cámara) que se estipulan en el Acuerdo firmado en La Habana. Hay mucho más que eso. Por encima del ejercicio puramente electoral está la posibilidad sagrada de evitar que mandos medios con capacidad de arrastre (la expresión es de Alejandro Reyes) se lo piensen dos veces antes de partir hacia otra guerrilla, una bacrim o cualquier tipo de bandolerización de la guerra.

En el uribismo las líneas rojas tienen más de dogma que de frontera. Para las Farc, son un mecanismo de supervivencia.

 

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