Por: Arturo Charria

Literatura para desarmar la guerra

No es fácil hablar de nuestra guerra en el aula de clase. Es más fácil que un estudiante se gradúe del colegio teniendo clara la Segunda Guerra Mundial que la relación entre el conflicto agrario y el conflicto armado.

Aunque este es un tema recurrente en foros de educación y conversaciones de maestros, el problema sigue sin encontrar una solución estructural sobre esta situación, que es tan antigua como la palabra historia. Incluso, la novísima Cátedra de la paz no es más que otro intento perdido. En las 600 páginas que componen los documentos que desarrollan sus desempeños y orientaciones todo se reduce a Convivencia y Resolución de conflictos en el aula de clase.

Así, la comprensión de los problemas sociopolíticos, la complejidad de la búsqueda de la paz en Colombia, el impacto de la guerra en las comunidades, la memoria y los contextos, resulta irrelevante para quienes insisten en decir que paz es, exclusivamente, convivencia. El riesgo no es menor, pues la generación que vendría después de la firma de los acuerdos de La Habana, crecería sin conciencia histórica. La Cátedra de la paz, tal como quedó planteada en los documentos que la desarrollan es una paz ascética, sin víctimas, sin memoria, sin los elementos necesarios para hablar de No Repetición.

Viene entonces la pregunta: ¿existe una edad necesaria para tratar estos temas con los niños? ¿Para hablar de la guerra, de la necesidad de la memoria hay un límite de edad? Yolanda Reyes ha trabajado magistralmente sobre estos interrogantes, lo ha hecho desde sus columnas de opinión y también en sus obras: “Los libros son imprescindibles para hablar con niños y jóvenes de todo lo que nunca les dijimos.” O quizá, sea la oportunidad de nombrar todo lo que la Cátedra de la paz quiere callar en su omisión.

Jairo Buitrago ha explorado el libro álbum como manera de hablarles a los más pequeños los temas más complejos del conflicto armado. Así, por ejemplo, en “Camino a casa” acompañamos en un día a una niña que crece sin su padre, que debe ser grande aunque apenas tenga 10 años. Ella cuida a su hermano, compra fiado en la tienda, cocina y todo lo hace después de salir de clases. Al final del libro y mediante un juego de pistas, descubrimos que su padre ha sido víctima de desaparición forzada. ¿Podríamos preguntarle a los niños: “cómo se imaginan sus vidas sin uno de su padres”? ¿Pueden los niños hablar sobre la desaparición forzada?

La lista de obras es larga. Edades entre 8 y 12 años pueden comenzar a leer libros de Irene Vasco, Yolanda Reyes, Gerardo Meneses y Francisco Montaña. Todos los libros comparten un elemento común: los protagonistas son niños y niñas que tienen las edades de sus lectores, se hacen sus mismas preguntas, comparten sus miedos; sus realidades se mezclan con sus juegos infantiles. La guerra deja de ser un tema ajeno, para ser parte de su realidad inmediata: la guerra no es un tema exclusivo de los adultos.

Pero no todo es literatura en el sentido convencional de la palabra, también hay nuevas apuestas estéticas como “Los Once” y “Caminos condenados”. Ambas son novelas gráficas que tratan temas emblemáticos del conflicto armado: la toma del Palacio de Justicia y la vida de los habitantes del Salado después del retorno de sus habitantes tras las masacres y el desplazamiento. Estas formas de narrar la historia amplían no solo los límites que tienen los jóvenes sobre la literatura, sino también sus imaginarios sobre el conflicto armado.

Yolanda Reyes plantea que esta es una forma de sacar a niños y a jóvenes de los “agujeros negros” del silencio, del “acá no ha pasado nada”. No se trata de narrar el horror, sino de contar historias que generen empatía y comprensión sobre la dimensión humana y sociopolítica de nuestra guerra. La literatura no es suficiente, de acuerdo, pero está visto que ha hecho (y sigue haciendo) más por la paz, que la Cátedra que se sacó de la manga el Ministerio de Educación.

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