Por: Santiago Villa

Lo bueno de las Farc

No supe responder a una pregunta simple de Alejandro Zambra sobre el proceso de paz.

La pregunta que hizo me dejó mudo. Como periodista suelo ser yo quien las hace, y en este caso incluso tenía algunas preparadas, pero no pude formular ninguna. Para compensar el haberme negado la entrevista -tiene la costumbre de no darlas cuando no ha lanzado un libro-, el escritor chileno Alejandro Zambra ofreció que nos sentáramos a charlar en un café de Beijing.

Esa mañana me levanté con la noticia de que se habían firmado los acuerdos de paz. Era un día de final del verano, no se vislumbraba un ápice de contaminación, hacía sol y el cielo era azul; un color poco frecuente en la gris capital de China. Hablamos, por supuesto, del fin de las negociaciones con las Farc. Por eso el entrevistado terminé siendo yo.

¿Y qué podrías decir que las Farc tienen de bueno?, me preguntó, aunque no lo pongo en comillas. Quizás no fueron exactamente esas sus palabras. Creo que la pregunta fue incluso más desconcertante. Más cercana a: ¿Qué tienen que los podría hacer buenos?

Señalé que la mayoría de la gente en realidad no votará por el SÍ para que gobiernen, sino para darle fin a la guerra. Que continuarla hasta que muera el último guerrillero, o hasta una rendición, es un prolongamiento cruel y exhaustivo de un conflicto ya sin sentido, y menos aún cuando hay un acuerdo firmado.

"Yo sé eso", dijo. "Quiero decir es otra cosa. No sé cómo más formularla porque es esa misma mi pregunta. Si se aprueba el SÍ, ellos van a tener participación política".

"Muchos de los que van a votar NO tienen miedo de que sea el primer paso hacia un gobierno castrochavista", dije, enfatizando irónicamente el término. "Pero las Farc no tienen ninguna posibilidad de ganar unas elecciones presidenciales o mayorías parlamentarias".

"Ya. Pero ellos de todas formas quieren el poder", insistió. "¿Qué pueden aportar?"

Tenía la mente en blanco. Nada. No pueden aportar nada, pensé. Su proyecto político no llega con propuestas novedosas a una democracia otrora cerrada, porque ya hay plena apertura ideológica. Su discurso se repite con el de candidatos que son bastante mejores que los líderes guerrilleros. Así que sin mucha convicción respondí:

"Pues conocen bien al campesinado. Sobre todo en las zonas donde hay cultivos de coca. Tienen mucho contacto con ellos porque han administrado las etapas tempranas de producción de droga. Pueden saber qué necesitan esas zonas para salir de la miseria. Es lo único que se me ocurre".

En ese momento, la persona que coordinaba su agenda en Beijing nos interrumpió para decir que lo esperaban en la embajada de Chile. Me quedé con el mismo sinsabor que siempre me ha generado la entrada de las Farc a la arena política.

No es sólo en las ciudades. Entre el 2009 y el 2012 recorrí muchas de sus zonas de influencia y era difícil dar con personas que se identificaran con la guerrilla. Allí operaba una lógica de guerra. Las Farc mandaban como podían haber mandado también los paras o el ejército. Despertaban quizás menos temor, pero operaban bajo el principio de la intimidación. No creo que haya muchos pueblos de Colombia en el que la presencia armada de las Farc vaya a hacer falta.

Sin embargo, sí sigue haciendo falta una revolución en el campo. Las Farc hubiesen podido ser el partido político para darla dentro del juego democrático, pero entran demasiado tarde, con un insondable desprestigio y una carga de crímenes que por mucho perdón y olvido, no se olvidan. Son una oportunidad perdida. Su mayor aporte histórico ha sido dejar de sembrar cadáveres.

Por el campo habrá que seguir trabajando para que llegue algún día la revolución de verdad, y sin violencia, porque -a menos que los acuerdos de La Habana sean suficientes para dar el gran cambio- ésta no la fue. Ojalá me equivoque.


Twitter: @santiagovillach

 

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