Por: Salomón Kalmanovitz

Los costos de los Juegos

Brasil organizó una Copa Mundial de Fútbol y ahora unos Juegos Olímpicos, incurriendo en unos costos apreciables para un país en desarrollo.

El otorgamiento de una sede, sin embargo, no es algo especialmente apetecido por las grandes ciudades del mundo. En la última reunión del consejo olímpico mundial en Mónaco, para definir la sede de los Juegos de Invierno, siete de los nueve proponentes iniciales se retiraron por la falta de apoyo de sus ciudadanos. Algo similar sucede con los Olímpicos de Verano: Toronto, Boston, Hamburgo, Budapest y Roma se han retirado y sólo quedan Los Ángeles y París. Los Ángeles ya fue sede de unos olímpicos, pero los negoció hábilmente, disputando las entradas de dinero por la trasmisión de televisión, las que generalmente apropia el Comité Olímpico Internacional.

Las razones, expuestas por un activista que luchó contra hacer los Juegos en Boston, fueron las siguientes: “Los Juegos Olímpicos acarrearían un costo enorme para nuestra ciudad… si un gobernador o alcalde estuviera concentrado en construir un estadio o un velódromo, lo estaría menos mejorando la educación o reparando las calles… no vamos a gastar el dinero de los impuestos en una fiesta de tres semanas”. Esto sucede en ciudades en donde los contribuyentes son educados y conscientes del rumbo que puedan tomar sus impuestos, e inciden además sobre su destino. Lo mismo no pasa en la mayor parte de los países latinoamericanos, donde el clientelismo y la corrupción orientan el gasto público. Algo que es común a todos los esfuerzos para organizar Juegos es que se cambian las reglas urbanas y hay un efecto de desplazamiento de las poblaciones en los barrios que son intervenidos: la sustitución de pobladores pobres por ricos y de clase media.

En Río de Janeiro, el esfuerzo financiero fue emprendido en buena parte por el sector privado y los sobrecostos no fueron de la magnitud que tuvieron, por ejemplo, en Sochi (Rusia), en donde se cuadruplicaron. Algunas obras, como la cuarta línea del metro y los corredores de buses, ayudarán a aliviar los trancones que plagan la bella Río. Sin embargo, la Villa Olímpica y muchas de las instalaciones deportivas terminarán subutilizadas hacia el futuro, acusando el desperdicio de unos recursos fiscales crecientemente escasos y disputados por la corrupción. Algunas obras no alcanzaron a estar listas por problemas de ejecución.

Río disfrutó de una prosperidad efímera por el hallazgo de petróleo en sus costas, que se ha esfumado con el colapso de su precio, tanto así que no hubo dinero para pagar los sueldos de su muy violenta Policía, que se declaró en huelga. La ciudad es azotada por el crimen incubado en sus favelas; éste se venía reduciendo por una mezcla de represión extrema y gasto social, pero la recesión la ha vuelto a disparar y la ciudad expresó públicamente su impotencia. El gobierno federal tuvo que acudir en auxilio con cerca de US$900 millones para paliar el déficit de la ciudad, que bordea los US$6.000 millones, e importar 27.000 soldados federales para enfrentar las brechas de seguridad.

Los Juegos se inauguraron en medio del segundo año de una recesión no experimentada por Brasil desde la Gran Depresión de los años 30. En 2015 tuvo una contracción del 6 % del PIB y se proyecta un -3 % adicional este año. Su inflación será de 8,3 % en 2016, que se verá incrementada en Río por la presencia de cientos de miles de visitantes durante las tres semanas que durará el jolgorio.

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