Por: Carlos Granés

Los culpables

En las últimas semanas, después del final anticlimático que dejó a Trump en la presidencia de Estados Unidos, muchos analistas han tratado de entender las causas ocultas de tan inesperado —y alarmante— suceso.

Recorriendo la web se encuentra de todo. George Monbiot escribía en The Guardian que la culpa del triunfo de Trump la tuvo el neoliberalismo y en especial Friederich Hayek, el economista liberal que inspiró el programa político Thatcher. Según Monbiot, la definición de libertad de Hayek —ausencia de coerción— y su defensa a ultranza de un sistema de libre mercado donde el apto sobrevive y el obsoleto quiebra, abonó el camino para que surgiera el campeón de los ganadores, un magnate egoísta e independiente que antes de erigirse como enemigo de la globalización y del neoliberalismo se nutrió de ambas tetas.

Al mismo tiempo, han circulado algunos párrafos de un libro del filósofo estadounidense Richard Rorty, Achieving our Country, en el que ya en 1998 predecía, aunque por motivos muy diferentes, el triunfo de un hombre fuerte como Trump. Para Rorty, la desafección del trabajador de clase media vendría dada por la particular mutación de la izquierda norteamericana. De ser una izquierda reformista, en los sesenta pasó a ser una izquierda cultural. Olvidó la tradicional preocupación por el egoísmo para obsesionarse con el sadismo. Repentinamente acuartelada en los departamentos de literatura y ciencias sociales, desatendió las desigualdades sociales para centrarse en las víctimas de la sociedad occidental, es decir, en las minorías étnicas, raciales, sexuales. La desatención, incluso el repudio por el hombre blanco occidental, se pagaría tarde o temprano con una desconexión absoluta entre las clases trabajadoras y las ideas y valores de los profesores posmodernos.

Como si fuera poco, también he leído críticas a Žižek, el popular teórico de sabe Dios qué, en cuyos libros afirma que la ultraderecha francesa del Frente Nacional es el único partido que hace verdadera política, y cuyas declaraciones públicas dejaron en claro que prefería a Trump sobre Clinton. ¿La razón de este favoritismo? Les sonará muy familiar: Trump va a destrozar el sistema desde dentro para que venga, por fin, el anhelado cambio. A pesar de que Leonard Cohen canta esta idea en una de sus mejores canciones, después de los 16 años se corre el riego de hacer el ridículo si se sigue creyendo en ella.

En fin, se ha desatado la histeria tratando de entender quién tuvo la culpa, quiénes fueron ellos, los responsables de que una persona tan nociva llegara a la Casa Blanca. Y es entonces cuando empieza a parecerme menos ilógico que alguien como Trump hubiera ganado esas elecciones. Miren nomás: todos necesitamos la respuesta. Desde los más cultos a los más básicos, todos ansiamos saber quién es el culpable, a quién se debe señalar. Y, oh sorpresa, lo expertos en ganar ese juego son los populistas. El que tiene una respuesta fácil y expedita —los inmigrantes, la casta, el castrochavismo, los pitiyanqui— parte con ventaja en la salida. Pasamos por un bache en el que el pensamiento crítico empieza a no funcionar porque el populista lo parodia y lo pone a su servicio. El sistema es un asco, todos son culpables, dice.

Todos menos yo.

 

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