Por: Andrés Hoyos

Los deportes y el futuro

Los Juegos Olímpicos que acaban de terminar han sido los mejores en la historia de Colombia: Caterine Ibargüen, Óscar Figueroa y Mariana Pajón obtuvieron medallas de oro, mientras que otros cinco colombianos obtuvieron medallas de plata y bronce.

Lo que todavía no se puede decir es que este sea un triunfo colectivo. Basta con leer las biografías de los medallistas dorados para saber que el gran mérito es de ellos, no del país como un todo. Antes de ser grandes atletas, Caterine y Óscar debieron escapar de las garras del conflicto interno, que amenazaba con destrozarlos, en tanto que Mariana Pajón fue apoyada sobre todo por su familia.

Lo que todavía no se puede decir es que este sea un triunfo colectivo. Basta con leer las biografías de los medallistas dorados para saber que el gran mérito es de ellos, no del país como un todo. Antes de ser grandes atletas, Caterine y Óscar debieron escapar de las garras del conflicto interno, que amenazaba con destrozarlos, en tanto que Mariana Pajón fue apoyada sobre todo por su familia.

Con excepción del fútbol y el ciclismo, en los que Colombia no obtuvo buenos resultados esta vez, el país no se hizo presente en los deportes colectivos. Aquí poco se juega al básquet, al voleibol, al balonmano, al hockey sobre “césped” o al waterpolo. Prácticamente todos nuestros triunfos deportivos de alta importancia han sido individuales.

Uno a veces colecciona datos curiosos, como este que figura en uno de mis archivos: “entre 1589 y 1607 murieron en Francia 7.000 hombres por causa de duelos”. Pues bien, hoy la esgrima y el tiro al blanco son deportes olímpicos, cuyos practicantes ganan medallas y mueren de viejos, no como Pushkin, el poeta nacional de Rusia, asesinado en un campo de honor por Georges d’Anthès, un francesito mediocre que tenía mejor puntería que él.

El deporte es en cierto modo la continuación de la guerra y de la violencia por otros medios, hasta el punto de que la segunda aún lo afecta, por ejemplo a través de las barras bravas en las que ocasionalmente figuran homicidas, como el que mató a un hincha de Santa Fe de una cuchillada en el cuello hace unas semanas. Algo va, sin embargo, de una barra brava a un grupo armado ilegal.

La mala noticia para los enemigos del imperialismo es que Estados Unidos es el país emblemático en materia deportiva. Lo acaban de demostrar ganando con amplitud las olimpiadas de Río. La fórmula allí es clara. No necesitan que exóticos filántropos o clarividentes entrenadores, por el estilo de Wilder Zapata, quien descubrió a Caterine Ibargüen en Turbo, se fijen por azar en un niño o una niña talentosos. No, para eso está el sistema educativo, que en casi todos los rincones del país tiene un potente módulo deportivo. Así, la propia actividad escolar permite desde temprana edad seleccionar a los mejores en sus sitios de estudio.

En fin, ahora que andamos pensando en el posconflicto, ¿no habrá por ahí un alma caritativa que les explique a los insignes pedagogos del Ministerio de Educación las virtudes de robustecer progresivamente el andamiaje deportivo de la educación? Que se formalicen y se financien toda suerte de juegos intercolegiales, que haya canchas y dotaciones mínimas en cada colegio para los deportes más populares y que sea posible, al menos en los municipios grandes, optar, digamos, por el salto en garrocha sin tener que practicarlo al lado de una quebrada. Hombre, una política como esta incluso traería grandes beneficios de imagen para el Estado.

La agresividad y la hostilidad, al igual que la valentía y el heroísmo, hacen parte de la naturaleza humana y suelen aflorar en la guerra. El deporte es el camino virtuoso para canalizar estos impulsos. Así lo entendía Cuba cuando tenía plata, así lo entiende alguien en Jamaica y así lo entienden los gringos con la mucha plata que tienen.

[email protected], @andrewholes

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