Por: Daniel García-Peña

Los Estados Desunidos de América

Pase lo que pase hoy en las elecciones, una cosa sí es segura: USA amanecerá mañana más dividida que nunca. Gane quien gane, ella o él tendrá que gobernar un país roto en dos pedazos, que se odian entre sí.

Nunca antes se había visto una diferenciación demográfica del electorado tan marcada: afros y latinos con Hillary, blancos con Trump; mujeres con Hillary, hombres con Trump; jóvenes con Hillary, viejos con Trump; las grandes urbes con Hillary, los pequeños pueblos y zonas rurales con Trump; quienes ostentan título universitario con Hillary, quienes no con Trump.

Son dos países muy distintos. El uno, favorecido por la globalización, ávido de los avances tecnológicos, inmerso en la nueva economía de servicios, concientizado en  la igualdad de género y abierto a la multiculturalidad; el otro, golpeado por los nuevos tiempos y añorando el mundo dominado por hombres blancos, cuando los trabajadores de las viejas fábricas -hoy en China y México- vivían como reyes.

La polarización ideológica es mayor: los demócratas se han ido más a la izquierda y los republicanos más a la derecha. El programa de Hillary es más progresista que el de Obama, gracias a la influencia de Sanders, mientras que la campaña de Trump sacó de la marginalidad a la llamada “derecha alternativa”, nacionalistas extremos que propugnan por la supremacía blanca.

La izquierdas y la derechas se han peleado desde que la Revolución francesa se inventó esas categorías. Pero estas elecciones gringas han reducido el debate a unos niveles de bajeza e insultos en la cual el racismo, la xenofobia y el machismo han desplazado a los argumentos.

El daño del trumpismo a la democracia en USA ya está hecho, independientemente del resultado. Ha demostrado que ser celebridad da más réditos que ser estadista. Que frases sonoras pero vacías (Make America great again!) son más efectivas que propuestas viables de política pública. Que azuzar el descontento y rencor es una poderosa arma para despertar fuertes sentimientos ignorados por el discurso racional. Que el miedo mueve más que la esperanza. Como dice Michael Moore, Trump es la bomba Molotov que los hombres blancos rabiosos le quieren lanzar al establecimiento en Washington.

Hillary, bastante impopular por su parte, se ha dado cuenta que su mayor atractivo es no ser Trump. “Soy lo único que nos separa del abismo”, dice, dedicándose a hablar mal de su contrincante. La intromisión torpe y descarada del FBI en la campaña recuerda los días sórdidos de J. Edgar Hoover, que con sus chuzadas ilegales y anticomunismo influía en la política, aumentando la percepción de una campaña sucia y negativa. La gran mayoría de los electores no votarán por quién más les gusta sino en contra de quién más les disgusta.

El solo hecho de que Trump haya llegado tan lejos es de por si una señal de la profunda crisis de la política en USA, así como a nivel mundial: el miedo fue factor central para llevar las masas a las urnas en el Brexit en el Reino Unido y el No en Colombia.

En su momento se pensó que la elección de Obama como primer presidente afro señalaría el comienzo de una nueva era de tolerancia y superación del racismo. Lo contrario ha sucedido. El triunfo de Hillary, que anuncian las encuestas, debería celebrarse por ser la primera mujer en la presidencia de los Estados Unidos, hecho histórico. Pero todo indica que, en vez de abrir nuevos tiempos de igualdad, resucita el sexismo patriarcal. ¡Buena suerte, Presidenta!

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Mi pronóstico para el Colegio Electoral: Hillary 323, Trump 215


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